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sábado, 5 de noviembre de 2011

Paseos

Cuando se despertó se encontró en un extraño estado. Estaba totalmente excitada. Miró a su alrededor, estaba sola en aquella enorme habitación. ¿Había sido un sueño?. Se zambulló entre las sábanas. No. Definitivamente no había sido un sueño. Entre los pliegues de su almohada encontró su olor. No podía haber sido un sueño. Su cuerpo todavía se estremecía. Habían sido miles las caricias. Increíbles las emociones. Una noche llena de sentimientos. En cuanto se acordó de cómo las manos de Stephano rodeaban su cintura, su cuerpo entero se estremeció. Todo había sido como un sueño. Ahora se encontraba en la soledad más absoluta. No entendía por qué había desaparecido. Quizás, para él solo había sido una noche más. No estaba segura de nada. La entraron miles de dudas. Quería acordarse solo de las cosas bonitas. No era posible. Las dudas la invadieron. La noche anterior las miradas ardientes la habían excitado hasta el infinito. Los rizos perfectos que enmarcaban la cara de Stephano la habían hipnotizado. La había tratado con tanto mimo, como si se tratase de una muñeca de porcelana. La había amado tan fervientemente,que había perdido la noción del tiempo. Le echaba de menos. No podía ceder a sus sentimientos. No de aquella manera.
Alguien tocó la puerta. Eso la devolvió a la realidad. Se levantó desorientada. Todo era tan confuso para ella que no sabía como aceptarlo. Abrió la puerta. Frente a ella se encontró una doncella.
-Buenos días mi señora- saludó la doncella con una educación exquisita- su criado Stephano nos ha comentado esta mañana que en el camino os atracaron y a su señora la robaron toda su vestimenta- comentó con sumisión.
-Sí si claro, por supuesto- contestó Ella mintiendo. Se apartó de la puerta para dejar entrar a la doncella. Detrás de ella aparecieron dos más. Ella estaba aturdida. No sabía que hacer con tanta gente en la habitación. Las doncellas actuaban como si fuesen autómatas. La desvistieron, bañaron, peinaron y volvieron a vestir. La dejaron impecable poniéndola un elegante vestido oscuro. Se sentía como sí la preparasen para la audiencia más importante de su vida.
-¿Dónde esta mi criado entonces?- procuró preguntar Ella con severidad. Tenía que mostrarse altiva.
-Creo que con los caballos, mi señora- contestó la criada y terminó de peinarla. Cuando quedó lista. La acompañaron a la puerta. La llevaron por unos pasillos muy estrechos hasta una puerta principal. Se encontraba sola y perdida. Tenía que calmarse. Respirar hondo. Por un momento se acordó de su amiga perdida. De su antepasada. Estaba prisionera en algún lado. Tenía que descubrir dónde. No sabía si de esta manera lo conseguiría. Se sintió angustiada por Ágata. Con paso decidido sus zapatos rojos la llevaron a adentrarse en esa sala. Su sangre se estremeció. Era una sala muy parecida a aquella en la que habían cogido a Ágata. Se sintió demasiado nerviosa para concentrarse y seguir mintiendo.






jueves, 20 de octubre de 2011

Vestido nuevo

- ¿Sabes coser?- preguntó Stephano por detrás de los matorrales, a la mañana siguiente.
- De pequeña se me daba bien, ¿por?- preguntó Ella extrañada.
- Pues aquí te traigo cosas- y se mostró a la luz cargado con un vestido de tonos dorados y telas rojas- también tenemos un sitio para quedarnos. Una posada no muy lejos de aquí.. Reservé la habitación más alejada del resto y les pagué un extra para que  no nos molestasen- sonrió.
Los dos emprendieron el camino, por primera vez relajados. Ella se dio cuenta de que Stephano cojeaba un poco en la pierna en la que había sido mordido. Se lamentó por ello, sabía que no había sido su culpa, pero a pesar de ello, tenía remordimientos.  Cuando llegaron a la posada se sintió totalmente dichosa. Sobre todo después de darse un baño y sentirse libre de toda suciedad. Enseguida se puso manos a la obra para dejar aquel vestido dorado irreconocible. Pronto se dio cuenta de que si lo intentaba hacer como ella se había imaginado, el vestido aún quedaría reconocible. Por eso le pidió a Stephano que la trajese telas negras. Nunca lo hubiese pensado, pero aquel trabajo incluso la divertía. ¿Acaso estaba cambiando?, se miró al espejo, ¿debería cambiar también su aspecto? se quedó parada. Quizás sí, se parecía demasiado a Ágata, quizás alguien en la corte la pudiese reconocer.
Bajó con mucho cuidado, para no ser vista. Se fue hasta un campo cercano. Empezó a mirar a su alrededor. Esperaba tener una idea maravillosa. Se sentó en una piedra. Pasaron los minutos pero su cerebro seguía en blanco. ¿Acaso su ingeniosidad se había evaporado?, siguió mirando al horizonte. De repente se acordó de varias situaciones de su vida diaria. ¿Era su época una sociedad sin valores morales?, ahora todo lo veía más sencillo, se limitaba a sobrevivir. Antes de haber viajado hasta allí era una adicta a la tecnología, al igual que los demás.. ¿había perdido la inocencia de manera precoz? hizo un breve repaso a su vida. Justo en el momento que estaba llegando a su época de instituto se acordó de algo. Enseguida se levantó de la piedra. Sus zapatos rojos la llevaron hacia un lugar cercano lleno de camomila. Sonrió para sus adentros y la cogió.
Volvió corriendo a posada. Cogió los ingredientes que necesitaba. En el instituto había tenido una profesora de química que estaba loca. Además de ello, estaba obsesionada con la belleza y la edad, y una vez en el laboratorio les enseñó a elaborar un tinte casero. En aquella época pensó que aquello jamás la sucedería. ¿Acaso todo servía para algo?, por segunda vez en el día sonrió para sí.  Mientras tanto, volvió Stephano con las telas que ella necesitaba.  Le había preguntado como las había conseguido, pero él se limitó a decir que no quería que fuese cómplice de sus delitos. Sin más preguntas se sentó a terminar el vestido. Le pidió que la dejase sola, para estar más tranquila. Estaba demasiado ocupada con todo lo que tenía que hacer, como para que su presencia la distrajese. Tras cuatro horas de duro trabajo se tiñó el pelo y se puso el vestido. Miró al espejo y se sintió muy satisfecha. El corpiño rojo la sentaba como un guante. La falda del vestido era negro, contrastaba con su blanca piel. Con el pelo rubio se hizo un moño alto. Estaba preparada para hacer su presentación.



sábado, 17 de septiembre de 2011

Un disfraz

De repente Ágata se levantó y desapareció por la puerta. La dejó sola con la anciana y el jorobado. Era una situación tensa. Seguía sin confiar en ellos. Sabía que intentaban cuidar de Stephano, pero aún así había algo en ellos que no la convencía. Quizás las intenciones ocultas de por que les ayudaban. Dado que no tenía mucho que hacer, rebuscó entre los papeles algo que pudiese ser válido para atar cabos.  Encontró varios escritos que estaban relacionados con el rey, la corte y las fiestas. También encontró un libro lleno de diminutas ilustraciones. Estaba en latín y aunque no entendía nada, por las ilustraciones dedujo que se trataba de un libro religioso. Intentaba no mirar a Stephano. Cada segundo que pasaba y él no reaccionaba su cuerpo se quedaba sin aliento.  ¿Podían estar el amor y el odio unidos eternamente?, ¿podían caminar de la mano y ser un sentimiento tan real como el respirar?, las mismas preguntas rondaban por su mente una y otra vez.
Pasaron horas hasta que volvió Ágata. Cuando por fin escuchó sus pasos, fue corriendo a su encuentro. Llevaba un gran saco, la ayudó a llevarlo. Lo pusieron encima de la mesa y sacaron de allí dos vestidos. Tenían un acabado majestuoso. El corsé llevaba pliegues dorados y había puntadas de hilo rojo oscuro. Eran los vestidos más impresionantes que Ella había visto en su vida.
-Vamos a ir a ver la obra "La escuela de las mujeres", debemos ir presentables- la comunicó.
-¿Te refieres a la obra de Molière?- preguntó Ella impresionada.
-Sí, hoy es el estreno- la contestó sin mucho entusiasmo- va a ir allí toda la corte y es preciso que te ponga en aviso quién es quién y te explique la situación-.
-¿Qué va a pasar con él?- dijo Ella preocupada mirando a Stephano.
-De momento no puede ir a ningún lado- contestó la anciana- no os sirve para nada en este estado-.
Aquel comentario la ofendió. Lo había dicho con tanta despreocupación, que tenía dejarle allí. Sentía que no tenía otra opción. Se fue a otra estancia y se cambió de ropa. Ágata tuvo que ayudarla con todos los cordones y diferentes estructuras que había. Cuando nadie estaba mirando, se escondió la carta del papel rojo entre la falda. No sabía cuando podría ser útil aquella información.  Una hora después, salieron allí. Un carruaje las estaba esperando a unos metros de la salida. Se adentraron y los caballos empezaron a trotar. La emoción invadía a Ella.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Cambios de vestuario

La mujer cogió la piedra de Ella y la acercó a las suyas. Las dejó a poca distancia y se alejó. Esperó pacientemente. Pocos minutos después un destelló apareció en una de las piedras. Esta se empezó a mover hacia la otra. Cuando se juntaron, una nueva chispa surgió. En la piedra de Ella se produjo una pequeña rotura. En la piedra de la mujer creció un fino saliente. Las dos se entrelazaron y se produjo un gran estallido de luz. Inundó toda la estancia y cegó a los presentes.
- Las piedras se han reconocido, eso es buena señal. Ahora somos hermanas de la misma causa- sonrió la mujer mirando hacia Ella- por cierto, mi nombre es Ágata. Con paso acelerado salió un momento de la habitación.
-¿Tú entiendes algo?-preguntó Ella a Stephano, el cual negó con la cabeza.
Sin tiempo para más, Ágata regresó con una gran caja entre manos. La abrió y sacó un vestido igual que el suyo. Lo puso encima de mesa. Hizo salir al hombre de la cicatriz. Cuando salió, se quedaron los tres en silencio.
-Hay ciertos rumores en palacio- empezó a hablar Ágata- hasta ahora no le daba mucha importancia. Tu visita, ha cambiado mucho las cosas- respiró profundamente- eres la mensajera. El problema es que no sabes que mensaje tenías que transportar-.
Se quedó pensativa. Stephano y Ella seguían callados. ¿Acaso era verdad que habían llegado a otra época para solventar un problema?, ¿ese era el destino turbulento que la esperaba a Ella?. Por un momento pasaron por su mente momentos de lo que consideraba su transición. Cuando aquella mujer extraña le dio las piedras, el pequeño hombre que la avisó para que tuviese cuidado. Las cosas parecían tener más concordancia. Cogió el vestido y entró en otra habitación para ponérselo. Tenía demasiadas capas, y un corsé ajustado. Tuvo que pedir ayuda a Ágata. No tenía muy claro que la esperaba, pero no tenía otra opción.  Cuando salió Stephano comenzó a mirar al suelo. Ella sonrió, la gustaba aquella sensación. Se recogió el pelo, y se adentró en el nuevo siglo.
Cuando estuvieron listos salieron de aquella casa. Llegaron hasta la orilla del río Sena. Esta vez, no podían atravesar la ciudad de forma subterránea. Los vestidos eran demasiado elaborados y unos disfraces perfectos para pasar desapercibidos. No podían arriesgarse a estropearlos.
Tuvieron que esperar mucho hasta que llegó un carruaje. Ágata se estaba empezando a poner nerviosa. Miraba constantemente al cielo y decía que se estaba haciendo tarde. En cuanto subieron al carruaje, le dio una bolsa de monedas al cochero para que fuese lo más deprisa posible. Supieron que estaban cerca de su destino cuando un griterío inundó sus oídos.
-Vamos, tenemos que bajar o nos perderemos la ejecución- dijo Ágata con naturalidad.
-¿Qué? - preguntó Ella con el terror dibujado en los ojos. Miró a su alrededor, estaba en una Plaza de la Bastilla a rebosar. En el centro, una gran plataforma de madera con una persona en el centro. Tenía la cabeza cubierta por una  tela negra. Una lágrima resbaló por la mejilla de Ella.