Páginas vistas en total

Phantom of the opera

Loading...

jueves, 27 de octubre de 2011

Paseos nocturnos

El noble no se encontraba cómodo con Stephano mirándole todo el rato. Le mandó fuera. Stephano al no ser más que un criado, no podía sino hacer caso. Los minutos que pasó allí se le hicieron eternos. Tan solo esperaba que no se excediese en sus labores de entrevista.  Estaba impaciente andando de un lado hacia otro. Se sentía como un león en una jaula.
Poco tiempo después salió Ella. Tenía una sonrisa en la cara. Según pasó a su lado, le guiñó un ojo y le señaló que la acompañase. Formaron una fila, con el noble en cabeza. Anduvieron por unos pasillos muy largos y estrechos. Debían tener menor rango que los anteriores, porque estaban decorados de forma muy sencilla. Ella esperaba ver adornos y estancias pomposas, pero no era así. El noble los estaba llevando al otro ala del palacio. Allí es dónde se alojaría Ella durante su estancia en Versailles. Por su parte, Stephano se alojaría en un cuarto pequeño compartido con más sirvientes.
Cuando llegaron a la habitación, Ella se quedó impresionada. Estaba enteramente decorada de tonos dorados y verdes. El noble se despidió y la dijo que al día siguiente por la había planeada una cacería. Por el momento la dejaría descansar y tendría a su disposición una doncella si la necesitaba, ya que no la acompañaba ninguna. Miró con desprecio a Stephano y le dijo que le acompañase. Ella se quedó sola en la habitación con sus pensamientos. ¿Acaso podría aguantar aquella mentira durante mucho tiempo?, ¿tan malo era vivir de aquella manera? se sentía como una princesa. Alguien cuidaba de ella y la mimaba. ¿Acaso no era aquello lo que buscaban todas las personas románticas? Estaba demasiado confundida. Con todas aquellas preguntas se quedó dormida. Mentir tanto era muy sacrificado para ella. La dejaba agotada.
Por la noche escuchó ruidos. Se despertó sobresaltada. Alguien abría la puerta. Se agazapó detrás de la cama. Tenía miedo y estaba todo oscuro. Una silueta oscura se dibujó en el horizonte. Ella pegó un grito. El corazón la latía a mil por hora. Iba a salirse de su pecho. Tenía toda la tensión acumulada en su cuerpo. Respiró relajada cuando distinguió los rizos oscuros de Stephano. Pero.. ¿¿qué hacía allí??

lunes, 24 de octubre de 2011

Adentrándose en lo desconocido

Al día siguiente se prepararon para su presentación. Stephano por suerte entendía mucho de historia, así que se inventó una bastante creíble sobre quien era Ella. Se vistieron sin prisa, querían estar impecables. Stephano encontró en algún lugar, sería alguno de esos de los que no quería hablar a Ella, un traje bastante decente. Él se haría pasar por su mayordomo de una Dama de la alta sociedad francesa del sur. Probablemente la tomarían como una noble de provincia, pero era la única manera de entrar. Las nobles de París conocían muy bien a las que pertenecían a las provincias del norte. Solo tenían una oportunidad, tenía que aprovecharla al máximo.
Cuando salieron de allí, alquilaron un carruaje un poco más vistoso y más caro. Ella se sorprendía de dónde sacaba tanto dinero. Había intentado preguntárselo un par de veces, pero él siempre había contestado de manera muy violenta. Por eso había desistido. En realidad necesitaban aquel dinero y aquellas prendas. Se presentaron ante la puerta principal. Ella estaba muy nerviosa. Nunca se había hecho pasar por otra persona. Estaba temblando.
- Voy a ir delante para presentarte- la dijo Stephano cuando estuvieron a escasos minutos de su destino.
-Va va va vale- dijo Ella tartamudeando
-Tienes que estar segura de ti misma, presumida, altiva, como si fueses una noble de alta cuna- la regañó Stephano. Ella nunca se había sentido tan insegura. Normalmente era una persona que sabía lo que quería, cuando lo quería y cómo lo quería, pero allí estaba perdida.
Salió detrás de él, respiró hondo, empezó a caminar. Se la abrieron las puertas de par en par. Los guardias se la quedaron mirando boquiabiertos. Intentaron disimular, pero les fue complicado. Era la mujer más bella que habían visto desde la antigua amante del rey. Esta había muerto de una larga enfermedad crónica. Por lo menos esa había sido la versión oficial. Todos sabían que aquello no era cierto. Había enfermado misteriosamente después de una pomposa cena. Se creía que la habían envenenado con un derivado del cianuro. Definitivamente aquella joven que pasaba a su lado les había  cautivado.
Ella se sorprendió de la facilidad con la que había sido adentrarse en aquel magnífico palacio. Se adentró y esperó en una pequeña sala contigua. Stephano se acercó minutos después. No la pudo decir mucho, tan solo que esperase allí que iba a ser recibida por alguien. Este decidiría si podía pasar a la zona dónde estaban los demás nobles o no. Se sentía peor que en una entrevista de trabajo. Ante ella se presentó un hombre. La hizo mucha gracia su vestimenta. Era muy diferente a lo que estaba acostumbrada. El estilo pomposo de aquel hombre hacía que sus movimientos fuesen algo torpes. Se sentó en un canapé y la invitó a sentarse con él. Stephano se colocó a su lado, ni muy cerca ni lejos. Tenía miedo por ella. Iba demasiado despampanante.

jueves, 20 de octubre de 2011

Vestido nuevo

- ¿Sabes coser?- preguntó Stephano por detrás de los matorrales, a la mañana siguiente.
- De pequeña se me daba bien, ¿por?- preguntó Ella extrañada.
- Pues aquí te traigo cosas- y se mostró a la luz cargado con un vestido de tonos dorados y telas rojas- también tenemos un sitio para quedarnos. Una posada no muy lejos de aquí.. Reservé la habitación más alejada del resto y les pagué un extra para que  no nos molestasen- sonrió.
Los dos emprendieron el camino, por primera vez relajados. Ella se dio cuenta de que Stephano cojeaba un poco en la pierna en la que había sido mordido. Se lamentó por ello, sabía que no había sido su culpa, pero a pesar de ello, tenía remordimientos.  Cuando llegaron a la posada se sintió totalmente dichosa. Sobre todo después de darse un baño y sentirse libre de toda suciedad. Enseguida se puso manos a la obra para dejar aquel vestido dorado irreconocible. Pronto se dio cuenta de que si lo intentaba hacer como ella se había imaginado, el vestido aún quedaría reconocible. Por eso le pidió a Stephano que la trajese telas negras. Nunca lo hubiese pensado, pero aquel trabajo incluso la divertía. ¿Acaso estaba cambiando?, se miró al espejo, ¿debería cambiar también su aspecto? se quedó parada. Quizás sí, se parecía demasiado a Ágata, quizás alguien en la corte la pudiese reconocer.
Bajó con mucho cuidado, para no ser vista. Se fue hasta un campo cercano. Empezó a mirar a su alrededor. Esperaba tener una idea maravillosa. Se sentó en una piedra. Pasaron los minutos pero su cerebro seguía en blanco. ¿Acaso su ingeniosidad se había evaporado?, siguió mirando al horizonte. De repente se acordó de varias situaciones de su vida diaria. ¿Era su época una sociedad sin valores morales?, ahora todo lo veía más sencillo, se limitaba a sobrevivir. Antes de haber viajado hasta allí era una adicta a la tecnología, al igual que los demás.. ¿había perdido la inocencia de manera precoz? hizo un breve repaso a su vida. Justo en el momento que estaba llegando a su época de instituto se acordó de algo. Enseguida se levantó de la piedra. Sus zapatos rojos la llevaron hacia un lugar cercano lleno de camomila. Sonrió para sus adentros y la cogió.
Volvió corriendo a posada. Cogió los ingredientes que necesitaba. En el instituto había tenido una profesora de química que estaba loca. Además de ello, estaba obsesionada con la belleza y la edad, y una vez en el laboratorio les enseñó a elaborar un tinte casero. En aquella época pensó que aquello jamás la sucedería. ¿Acaso todo servía para algo?, por segunda vez en el día sonrió para sí.  Mientras tanto, volvió Stephano con las telas que ella necesitaba.  Le había preguntado como las había conseguido, pero él se limitó a decir que no quería que fuese cómplice de sus delitos. Sin más preguntas se sentó a terminar el vestido. Le pidió que la dejase sola, para estar más tranquila. Estaba demasiado ocupada con todo lo que tenía que hacer, como para que su presencia la distrajese. Tras cuatro horas de duro trabajo se tiñó el pelo y se puso el vestido. Miró al espejo y se sintió muy satisfecha. El corpiño rojo la sentaba como un guante. La falda del vestido era negro, contrastaba con su blanca piel. Con el pelo rubio se hizo un moño alto. Estaba preparada para hacer su presentación.



lunes, 17 de octubre de 2011

Llegada a palacio

Se cayó otro mechón de pelo en su cara. Stephano se dio cuenta otra vez. La cara de Ella ya estaba totalmente cubierta. Debía quitárselos de encima, tampoco quería que se ahogase o algo así. No sabía muy bien como funcionaba el cuerpo de una mujer, pero seguramente tener la cara cubierta aunque fuese con su propio pelo no era bueno. "Mujeres.. la sencillez de lo complejo" pensó para sus adentros. Tan fácil conquistarlas, y tan difícil de verlas interesantes para más de un mes. Con alguna había tenido una relación incluso de un año, pero había sido demasiado sencillo, vivían en polos opuestos del país. No se veían mucho, entonces no había habido problemas Por lo menos, esa había sido siempre su tónica. Esta vez sentía que era diferente y eso le asustaba.
Le apartó el primer mechón de los ojos. Parecía tan inocente dormida. La apartó un segundo mechón. ¿Acaso había maldad en aquella mujer?, ¿era posible ser tan bella?, había conocido a muchas mujeres guapas, pero eran eso, guapas. Ella al contrario era bella. Por primera vez en su vida se dio cuenta de la diferencia entre aquellas dos palabras. Con mucho cuidado se agachó. Se acercó a sus labios. Prestó atención. Seguía dormida, no habría peligro. Cerró los ojos y la besó. Fue tierno y delicado, como el beso de un niño inocente. Enseguida se apartó. Lo sintió demasiado puro, como si hubiese profanado algo sagrado.
El carruaje dio varios saltos. Parecía que ya estaban llegando a su destino. Ella se despertó. Miró a su alrededor extrañada, había tenido un sueño de lo más raro. No recordaba exactamente que era, pero estaba inquieta. Miró a Stephano, no la hizo ni el más mínimo caso. Su mirada ausente se perdía en el horizonte del paisaje verde.
-He pensado en un plan- la dijo de repente.
-¿A sí?- contestó educadamente Ella.
- Debemos adentrarnos en el palacio, saber sus entresijos, encontrar el engranaje perfecto para nuestra historia, para comprender que hacemos aquí y averiguar también donde está Ágata-
¿Y cómo lo vamos a hacer?- quiso saber Ella.
-Te harás pasar por una noble europea, todavía no se cómo lo haremos, pero lo tenemos que conseguir- dijo firmemente Stephano. Y dicho esto, saltó del carruaje y lo paró. Pagó el dinero acordado al cochero y la hizo descender a Ella también. Se adentraron en los jardines de Versailles. Tan bonitos como lo recordaba. Escondidos entre los setos iban avanzando. Deberían hacerse con un séquito, pero no tendrían tiempo para tanto. Después de mucho pensar, decidieron que tendrían que tomarlo prestado todo. ¿Acaso no es el sueño de toda niña vestirse como una princesa? se preguntó Ella a sí misma. Sonrió. Sabía que todo lo que les quedaba por delante era peligroso, sobre todo si les descubrían, pero por lo menos intentaría buscarle su lado bonito y romántico. ¿Cómo era posible que su destino estuviese tan enrevesado?. 

jueves, 13 de octubre de 2011

Camino a Versailles

Empezaron a caminar. Llegaron a una calle muy ancha. Tenían la esperanza de encontrar un medio de transporte. Sabían que era muy tarde, pero tenían fe en que a aquellas horas muchos hombres volvían a sus hogares. Sobre todo aquellos que habían pasado un par de horas en el burdel. Al pensar en aquello Ella se estremeció. No quería volver a vivir una experiencia parecida.
Después de esperar durante una hora más o menos, encontraron un carruaje. No era muy lujoso. Todo lo contrario, pero estaba dispuesto a llevarles hasta su destino. Ella se levantó un poco el vestido, y sus zapatos rojos procedieron a subir las escaleras. Dentro los sillones estaban rajados, pero era lo que menos la importa. ¿Acaso nunca iba a terminar aquella pesadilla? se dijo a sí misma. Stephano se sentó a su lado. No la miró en ningún momento. Sacó la cabeza y le gritó al cochero que ya estaban listos. El coche se puso en marcha. El suelo empedrado hizo que los pasajeros se moviesen con violencia. Ella se movía hacia los lados con mucha fuerza. Ni con eso Stephano hizo el más mínimo gesto. ¿Qué le estaba pasando?.
Faltaba poco para el amanecer. Ver París con la bruma mañanera era mágico. Ella se quedó hipnotizada con las calles, con todo lo que la rodeaba y con el leve murmullo del río. Stephano no escuchaba aquellas cosas. Tenía la cabeza en otras historias. Siempre había tenido una vida fácil. Nunca había tenido problemas que no pudiese solucionar con una buena sonrisa, o a lo malo un buen abogado. Esto se le había escapado de las manos. ¿Acaso no era capaz de cuidar de sí mismo? ¿Acaso no era capaz de cuidar de aquella mujer que le tenía loco?, estaba furioso consigo mismo. Sus pensamientos siempre acababan en el mismo tema. Cuando se quiso dar cuenta, Ella se había dormido y se había caído en su hombro. Aprovechó para sacar el  papel rojo de los pliegues de su vestido. La releyó muchas veces. Si de verdad había algún tipo de intriga palaciega, se tenían que adentrar en palacio. Tenía que pensar en alguna estrategia.

martes, 11 de octubre de 2011

Explicaciones de historia

El dolor de manos y rodillas de Ella era horrible. Llevaban tanto tiempo a gatas, que se le había echo eterno. Tenía la sensación que nunca saldrían de allí. La estaba empezando a entrar claustrofobia. Por su parte, Stephano no decía nada. Estaba serio y callado. Le notaba totalmente distante y carente de cualquier tipo de sentimiento. No estaba acostumbrada a aquello. 
Stephano tenía una conversación mental con si mismo muy seria. Por una parte el calor interno le producía molestias enormes. El calor interno de saber que tenía a aquella mujer que le volvía loco detrás. El frío de saber que si sucumbía a sus instintos perdería la concentración. En unos momentos así era lo que más necesitaba, concentración y cabeza fría para sacarles del problema en el que se habían metido.
Cuando llevaban ya tres horas de tránsito, el camino al fin cambio. Aparecieron unas escaleras que llevaban a la superficie. Con una meticulosidad extrema subieron e intentaron salir. Nada más pisar tierra una gran alegría invadió a Ella.  Se encontraban en los jardines de Louvre. Justo donde necesitaban llegar. Se sintió feliz, por fin la suerte les sonreía. A pesar de que todas las luces estaban apagadas, y no se veía nada. Se apresuraron a esconderse detrás de unos árboles. Se acercaron poco a poco. 
-Parece que no hay nadie- susurró Stephano.
- Ayer estaba lleno- le contestó Ella sorprendida.
-¿Qué mes es?- preguntó de repente él.
-Octubre-
- Entiendo- reflexionó Step- si no recuerdo mal, leí en algún libro que en Octubre toda la corte se traslada a Versailles, debemos ir hacia allí- volvió a susurrar- vamos allá-.
- ¿Por qué a Versailles?- se extrañó Ella.
-Es el lugar preferido del rey y en otoño hace muchas obras de teatro y espectáculos- la explicó brevemente- ahora tenemos que buscar un medio de transporte-

domingo, 9 de octubre de 2011

Minúsculo pasillo

Stephano se estaba desesperando. Había llegado al punto en el que no tenía cuidado con las cosas. Las tiraba por el suelo en busca de alguna puerta secreta. Parecía totalmente ido. Ella incluso tenía miedo decirle algo. Por su parte ella buscó con mucho ahínco en el lado contrario. No habían pasado muchos minutos, aunque la búsqueda se hacía eterna. La desesperación se apoderaba de Stephano. Ella no sabía mucho de historia, pero observando las reacciones de su compañero, la guardia del cardenal debía de ser muy peligrosa.
Se apoyó en la estantería más cercana. Necesitaba pensar, aclarar sus ideas. La llamó la atención uno de los libros que estaba en el segundo estante. Tenía bordado un hilo muy fino de color rojo. Se agachó para cogerlo. Según lo sacó de su sitio, un ruido se escuchó. Era un ruido leve, seco pero firme. Stephano la miró. Enseguida se acercó a ella y miró el espacio vacío que había dejado el libro. Había una pequeña palanca que se había quedado al descubierto. La tocó otra vez pero no sucedió nada. Empezaron a seguir su instinto. Por donde el recuerdo les decía que el ruido se había producido.
Salieron de la habitación y volvieron a la estancia principal. Miraron intensamente a su alrededor. Ella se dio cuenta de que la cómoda se había movido. Se acercó. Enseguida llamó a Stephano. Entre los dos retiraron la cómoda. Allí encontraron una entrada, y unas escaleras que conducían hacia abajo.
-Esto nos lleva hacia abajo-  dijo Stephano.
-¿Más abajo de lo que estamos?- preguntó Ella.
-Vamos, rápido, ellos se acercan-  la empujó hacia el agujero. Ella se metió sin más dilación. Mientras tanto, Stephano colocó las cosas tal y como estaban.
Ella llegó al fondo. No era muy profundo. Esperó pacientemente a Stephano. Se tenía que acostumbrar a la oscuridad. Cuando bajó su compañero se acercaron a una pequeña puerta. La abrieron. El espacio era pequeño, pero ya no tenían vuelta atrás. En el exterior se escuchó un ruido desmesurado. Los guardias ya habían llegado a la habitación. Stephano entró primero. Debían ir a gatas. No había más espacio.Se adentraron en lo desconocido, en la oscuridad. Los olores eran insoportables, pero no tenían otra opción.

jueves, 6 de octubre de 2011

Contratiempos

Antes de irse, investigaron todo lo que había en la guarida. Ella le mostró el papel que tenía escondido. Se mostró un poco reticente, tenía miedo de cómo pudiese reaccionar. No sabía por qué pero no la gustaba la actitud que había adoptado desde que se despertó. Frío y distante. Ella tenía la esperanza de que una vez pasado el susto las cosas fuesen más normales entre ellos. Pasó todo lo contrario. Se enfrió. Incluso notó como su mirada se había transformado en hielo. Procuró no pensar en ello.
Encontraron varios libros relacionados con la historia Francia. Los ojearon muy por encima. No había nada  que les pudiese servir. Al final encontraron un par de mapas. Eran de hace bastantes años pero quizás les pudiesen servir. Justo cuando iban a salir, se toparon con el hombre jorobado. Ella retrocedió atrás de un salto. El aspecto de aquel hombre era lamentable. Estaba lleno de heridas profundas. La sangre seca le cubría todo el rostro y un hueso le sobresalía por el codo. ¿Qué había pasado?, Ella sujetó a Stephano aterrada.
-Nos han tendido una emboscada, a mi ama la han matado y ahora vienen a por vosotros, debéis escapar- masculló el hombre- rápido.
-¿Quién nos persigue?- preguntó Stephano.
-La guardia del cardenal- contestó el hombre- herejes- añadió Antes de que pudiese decir más empezó a tener convulsiones muy violentas. Cayó al suelo, ya no tenía salvación. En pocos minutos se quedó fulminado. ¿Por qué les estaban persiguiendo? ¿les consideraban herejes? ¿por qué?.
A lo lejos escucharon como alguien estaba golpeando la piedra de entrada. La entrada estaba bloqueada. ¿Por dónde tenían que salir?, estaban muy confusos. Entraron en la habitación de al lado. Empezaron a revolverlo todo. Si la mujer había sido una especie de hechicera, probablemente tendría otra salida. Stephano se mostraba furioso, jamás le había visto tan violento. Mientras revolvían las cosas, Ella encontró unos zapatos rojos para cambiarse. Por fin un poco de luz entre la oscuridad. En cuanto se los cambió se sintió mejor. ¿Su fuerza se encontraba en llevar unos zapatos rojos? se rió de si misma por un segundo. No le duró mucho tiempo porque enseguida tuvo que volver a la realidad. Empezó a tocar todo lo que había cerca. Quizás encontrase algo que la llamase la atención. Tenía fe en la astucia de la anciana. ¿Existía su ansiado plan B?.

martes, 4 de octubre de 2011

Despertar

Se sentía mojada. Estaba en mitad de un océano. Sola y desamparada. Tensión y miedo era lo que sentía. Así se despertó Ella. El pecho de Stephano estaba empapado en sudor. Ahora estaba sudando mucho. Aunque al principio se asustó, vio que su color había mejorado. Ya no estaba tan pálido. Aquellos sudores entonces debían ser buena señal.  Se quedó mirándolo. No sabía cuanto tiempo pasó, pero al fin abrió los ojos.
Al principio Stephano estaba confundido. Había tenido sueños extraños durante varias noches. Unas veces el calor que tenía le llevaba a experimentar el viaje de Dante en el Inferno. Otras veces tenía tanto frío que se sentía como si fuese Robert Peary y acabase de conquistar el Polo Norte. Estaba algo confuso. No sabía donde estaba. Tan solo veía la cara soñolienta y sonriente de Ella. Aquello le bastaba para sentirse bien. Sentía calor en su cuerpo. Incluso excitación. No quería demostrarlo.
-Hola- le dijo Ella con un tono de voz muy musical.
-¿Dónde estoy?- la contestó Stephano con una voz seca. Al principio Ella se mostró molesta por la reacción. Sus ilusiones románticas se habían esfumado en tan solo un segundo. El hombre que tenía enfrente era tan frío y duro como una piedra. Se enfadó consigo misma, a pesar del calor que estaba desprendiendo su cuerpo. Todavía tenía el vestido roto y con la emoción de verle no se dio cuenta de que se veía mucha más piel de lo que ella quería.
- Estas en la guarida de una sanadora, amiga de Ágata- le comenzó a explicar Ella. Stephano no podía concentrarse en sus palabras. Su cuerpo se estaba desatando. Se sentía incómodo. Se repetía a si mismo que no debía mirar por debajo de la barbilla, pero sus ojos se desviaban sin su permiso. Se levantó violentamente. A pesar del mareo que sintió, procuró enderezarse. La pierna le ardió. Un dolor agudo recorrió todo su cuerpo. Escuchó a medias lo que le estaba contado Ella. No estaba muy seguro de lo que estaba pasando. Estaba en París si, pero en otra época. Había llegado allí desde su casa. Y luego le había atacado un perro. Si, ya las cosas le cuadraban. Ahora debían salvar a Ágata y desmontar alguna intriga palaciega en la que estaba metida la iglesia. Estaba convencido de que se había quedado con lo esencial. Estaban solos en aquel antro. Se levantó para cambiarse el vendaje. Debían empezar a arreglar las cosas.

sábado, 1 de octubre de 2011

Al otro lado del río

De pronto se paró. Se encontraba en un puente. Sus pensamientos se fueron con el suave circular del Sena. Miró hacia el suelo, una lejana luz hizo brillar sus zapatos. Aquellos zapatos rojos con los que estaba obsesionada toda su vida. Por lo menos había descubierto el misterio de su manía.  Por un momento se había acordado de aquel puente que estaba lleno de candados. Siempre le había parecido una cosa curiosa. Le encantaba ese puente. Otra vez deseó estar en su casa y mirar por su ventana como se encendía por la noche la Torre Eiffel.
Escuchó voces a lo lejos. Una voz conocida de hecho. Aquello la devolvió a la realidad. Eran los hombres de la función. Seguían buscándola. Ella se asustó. Se ajustó el vestido y empezó a correr. Tenía que llegar al refugio subterráneo lo antes posible. Sus zapatos rojos la llevaron a mucha velocidad a una zona segura. Corrió y corrió hasta que no sintió como sus zapatos cedían. Algo se había roto. Miró a su alrededor. Por suerte se encontraba cerca de su destino. Había multitud de casas impresionantes en aquel lado del río. Lo malo que eran similares, y que fuese de noche no ayudaba en absoluto. Andaba con todos sus sentidos alerta. Por un lado tenía que escapar de los hombres, por otro buscar su cobijo. Con el siguiente paso, se le rompió definitivamente el zapato. Tendría que continuar descalza. Por un momento se acordó de las pestes que sacudieron a Europa. Intentó desechar aquella idea atroz enseguida.
Cuando al fin encontró lo que buscaba se zambulló bajo tierra enseguida. En cuanto sus pies tocaron el  embarrado suelo, un ejército de escalofríos recorrió su cuerpo. En la vida había sentido repugnancia por algo. Escuchó el rápido correteo de algo. Procuró no imaginarse que eran ratas. Empezó a correr. En su vida había corrido tan rápido. Cuando llegó a la guarida no encontró a nadie. Se adentró buscando el canapé. Allí estaba Stephano, de su frente seguían cayendo gotas de sudor, pero por lo menos no se veía tan pálido. Se acercó temblando hacía él. Tenía miedo de perderle. En realidad estaba aterrada. Se acordó entonces de Ágata. Ella sola no podría salvarla. Le necesitaba. Y con ese pensamiento se durmió en su regazo.