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Phantom of the opera

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miércoles, 31 de agosto de 2011

El origen

Ella estaba sentada y magullada. Miró a Stephano, tenía una cara impasible. En un primer momento, se alegró mucho de verle. Incluso él parecía contento. Pero al segundo le cambió la cara, se volvió frío como una piedra. Se acercó a ella y la dio la mano. Se la estrechó con fuerza.
-Hola, me alegra verte a salvo- la dijo secamente. Aquello la mató. No entendía nada. Hacía días la había llevado a su casa, estando ella inconsciente. Había sido desagradable y la había tratado con rudeza. En cambio, tenía fuego en la mirada cuando sus ojos se cruzaban. Lo había dado por imposible. Justo cuando cogió aire para responder, la puerta se abrió. La mujer entró.
Ella se quedó totalmente petrificada. Las dos eran idénticas. Pequeños detalles las diferenciaban. Ella tenía   la piel menos bronceada y el pelo más claro que la mujer, pero todo lo demás era similar. Los ojos de Ella fueron a parar al suelo. La mujer comprendiendo el gesto se levantó un poco el vestido. Dejó sus pies al descubierto. Sus pequeños zapatos rojos se asomaron al instante. Al ver la cara de asombro de sus invitados sonrió, y se levantó más la falda. Dejó al descubierto su pequeño tatuaje. Enseguida Ella se llevó la mano a la espalda. Su tatuaje la empezó a picar.
- Sí las dos llevamos los mismos rasgos distintivos- empezó a hablar la mujer- pertenecemos a la misma orden- y se acercó a Ella- yo soy tu antepasada, y al igual que tú, soy una mensajera- la dijo con mucha  calma.
-¿Cómo hemos llegado hasta aquí?- preguntó Ella.
-Las mensajeras solo podemos viajar en el tiempo cuando alguien nos necesita- dijo preocupada la mujer- y tal solo hacia épocas pasadas, que estés tu aquí no presagia nada bueno- reflexionó- por lo que veo se sigue conservando la manía por el color rojo- sonrió intentando quitar un poco de dramatismo a la conversación.
A continuación sacó de un bolsillo escondido un trozo de ámbar. Lo puso encima de la mesa. De otro bolsillo extrajo una piedra de cuarzo rosa. También lo puso sobre la mesa y sonrió. Ella seguía con la boca abierta. Rebuscó en los bolsillos. Sacó sus propias piedras. Ante su asombro su pequeño cuarzo ya no estaba partido.
-Todo estaba predestinado- la guiñó un ojo la mujer.

lunes, 29 de agosto de 2011

Reencuentro

Los pies le pesaban, pero había visto un destello a lo lejos. Tenía la esperanza de que fuese la salida. El aire estaba demasiado cargado y aquello era difícil de llevar. Cuando llegó al final de aquel túnel, le llenó una esperanza renovada.  Miró a su alrededor, se encontraba en la orilla del río Sena.  Miró algo confundido. No sabía exactamente en que parte se encontraba. Las cosas eran muy diferentes en la época en la que él vivía y en la que se encontraban actualmente. Intentó no quedarse atrás, para no perderse. Siguió a la mujer, y, subió unas escaleras muy empinadas. Se encontró enfrente de una zona muy marginal. Más incluso que la anterior. Apretó el paso. Se metió en uno de los edificios. Subió unas escaleras y se adentró en una casa. La mujer le indicó que se sentase y le dio al hombre de la cicatriz una joya. Stephano no sabía muy bien que pensar de todo aquello. Se sentó e intentó quedarse tranquilo.
-Hemos ideado un plan para intentar salvar a Ella- le empezó a explicar la mujer - no sabemos si saldrá adelante- y después de un largo suspiro añadió- esperemos que sí, si no, estamos perdidos-.
-¿Cómo hemos llegado hasta aquí? y ¿por qué te pareces tanto a Ella?- preguntó Stephano.
- Vamos a dejar las explicaciones para más adelante ¿de acuerdo?- le dijo la mujer- ahora descansa un poco, que no sabemos lo que nos van a deparar las próximas horas- le dijo y le dejó solo en la habitación.
Las horas siguientes se le hicieron eternas. El sol estaba en lo más alto. Sus pensamientos divagaban por todas las direcciones posibles. Se despertó de su trance cuando escuchó un ruido. Debía ser la puerta principal al cerrarse bruscamente. Se levantó de la silla en la que estaba sentado. Corrió a la puerta y la abrió.
Su pulso se aceleró. Enfrente estaba Ella. Magullada y muy sucia pero igual de bella que siempre. Definitivamente estaba enfadado con ella. Pero se perdió en sus ojos. Aquello no le gustaba, le daba miedo. Siempre había conseguido la mujer que había querido. Nunca se había implicado emocionalmente. Simplemente cogía lo que le interesaba, se lo pasaba bien y tan rápido como empezaba acababa. La imagen de Ella le mataba, la sangre le hervía. La odiaba.

sábado, 27 de agosto de 2011

Pasadizos a oscuras

Se encontró con la mujer bajando las escaleras. Sintió un alivio repentino. Bajaba con un hombre. Era muy grande y con una apariencia muy fiera. Cuando le dio la luz en la cara, las cicatrices aparecieron en su cara.   Unos ojos fríos y calculadores se detuvieron en Stephano.
-Debemos pagarle una buena cantidad, pero ha aceptado el trato- le informó la mujer.
-¿Qué trato?, ¿por qué tenemos que pagarle?, no entiendo nada- replicó Stephano.
-No tengo tiempo para explicaciones ahora, Ella está en las mazmorras y debemos liberarla antes de que la ejecuten- contestó bajando las escaleras a toda prisa y perdiéndose entre la multitud de la calle.
A Stephano se le heló la sangre y se quedó paralizado. Pensar que Ella podría estar en peligro hacía que sintiese una desesperación en su interior. Era algo superior a sus fuerzas. Cuando realmente fue consciente de la magnitud de la situación, un volcán estalló en su interior. La furia se apoderó de él. Reaccionó rápido y salió corriendo a la calle. No quería perder de vista a la mujer. Tenían que salvar a Ella.
Esta vez caminaron por calles muy estrechas. En alguna ocasión, los edificios estaban tan juntos que tenían que voltearse para poder pasar entremedias. El escaso espacio dificultaba mucho el avance. No había manera de ver el final. Los pasos que tenían que dar cada vez eran más pequeños por las poblaciones de roedores que corrían de un lado hacia otro. Aquella zona de París debían ser los suburbios más grandes de la época. Repentinamente la mujer se paró por completo y se agachó. Abrió una puerta en el suelo. Estaba tan bien oculta que Stephano se sobresaltó cuando vio un agujero salido de la nada. Con mucha agilidad, la mujer saltó dentro. El hombre de las cicatrices la siguió, y a Stephano no le quedó más remedio que hacer lo mismo. ¿Hacia dónde le estaban llevando?. Cada vez entendía menos la situación a su alrededor.
Cuando saltó, notó como bajo sus pies crujieron multitud de huesos. Muy a su pesar unas náuseas muy molestas poblaron todo su ser. Intentó ignorarlas y se adentró en el túnel que tenía enfrente. Estaba iluminado con muy pocas antorchas, así que apenas se veía. Estuvo corriendo mucho tiempo, no sabía cuanto. Fácilmente podrían ser horas, estaba totalmente agotado y la humedad le estaba calando los huesos. Nada le importaba, su voluntad era inquebrantable. Todo por Ella.

jueves, 25 de agosto de 2011

Encuentro desafortunado

Llegaron al portal de una casa muy pequeña. Tenía tres pisos, pero el miedo al derrumbe era patente. Stephano miró a su alrededor, las demás construcciones eran iguales. No sabía en que zona de la ciudad se encontraba, todo le resultaba demasiado extraño. Parecía que había llegado a una época totalmente diferente.
La mujer le indicó que se quedase un momento en las escaleras. Él obedeció sin decir palabra, mientras ella subía a mucha velocidad. Observó cada detalle. Las humedades se extendían por todos lados. Los malos olores invadían cada rincón. Estaba tan absorto en sus pensamientos que se sobresaltó cuando alguien le tocó la espalda. Se dio la vuelta y una cortesana apareció. Iba con un vestido azul celeste y unas cintas amarillas. Intentó ofrecerle sus servicios. Él se apartó, pero se le acercó otra cortesana. Esta llevaba un vestido granate, pero también tenía cintas amarillas. Entre las dos intentaron llevarle a un lugar más oscuro. Le movieron un par de metros, pero no dejó que le llevase más allá. Miró hacia la esquina y vio el resplandor de un metal. Parecía un cuchillo. Alguien le estaba esperando allí.
Se deshizo de las cortesanas, y volvió sobre sus pasos. Un hombre salió corriendo con un gran cuchillo en las manos. La sorpresa paralizó unos segundos a Stephano y el hombre adelantó posiciones. Cuando se quiso dar cuenta estaba tan solo a un metro. Aquel hombre se movía demasiado rápido. Su cara destrozada por multitud de quemaduras y su cuerpo mutilado desvelaban sus años de penurias. Estaba claro que le quería robar. ¿Cómo podía un hombre llegar a tal estado de desesperación? . Stephano escapó por pura suerte. Se adentró en el edificio que estaba a sus espaldas y subió las escaleras a toda prisa. Rezaba por encontrar a la mujer que le había llevado hasta allí. Necesitaba una explicación de todo lo que estaba pasando. ¿Encontraría a Ella?, ¿acaso estaba en peligro?.

martes, 23 de agosto de 2011

La senda de los tatuajes

-Ya es hora de que salgamos de aquí mi señor- le dijo una voz a Stephano. Aquello le hizo sobresaltar y darse la vuelta enseguida. Sus ojos se abrieron como platos, allí estaba Ella. Su voz sonaba diferente, y el color de su pelo era más oscuro, pero tenía que ser ella.
-Te he estado buscando, ¿que te ha pasado?- la preguntó cogiéndola del brazo con fuerza.
-Vuestra amiga necesita ayuda. No soy la persona que buscáis, pero debemos darnos prisa. Mañana por la mañana la quieren quemar en la plaza pública- aclaró la mujer.
-No entiendo nada, ¿donde estoy?, ¿quién eres tú?- pero no había tiempo para más explicaciones. Terminó de ponerse la ropa que tenía encima de la cama y salió corriendo detrás de aquella mujer. Bajaron deprisa unas escaleras secundarias y entraron en otro pasillo. La mujer se levantó el vestido para no arrastrarlo por el suelo y así poder correr mejor. Al igual que Ella, llevaba unos zapatos rojos. Stephano se quedó boquiabierto. Intentó poner sus pensamientos en orden. Algo importante estaba sucediendo y él no era capaz de comprender nada. Algo reclamó su atención e inconscientemente giró su cabeza hacia abajo. Miró el tobillo de la joven. Sus ojos se agrandaron hasta el infinito, allí había un pequeño tatuaje. Era idéntico que el que tenía Ella en la espalda.
Salieron al exterior. La majestuosidad del Louvre le dejó atónito,pero no tenía tiempo para admirarlo. Cruzó el río Sena y se adentró en un laberinto de calles. Todas eran muy estrechas y mal olientes. El calor del día anterior hacía mella en la putrefacción de los alimentos. Un hombre con un tatuaje se cruzó conmigo, después otro y más tarde uno nuevo. Sus caras estaban demacradas. No estaba acostumbrado a aquel tipo de paisaje. Intentó ocultar su rosto detrás de su brazo para no mostrar su repulsión. ¿Dónde le llevaba aquella mujer?.

sábado, 20 de agosto de 2011

El primer viaje de Stephano

Cuando la figura se materializó del todo, la vio a Ella. Pero el pelo era diferente, grandes tirabuzones de un color rojizo más oscuro.  Su vestido era de una época diferente. Se encontraba muy confundido. Miró a su alrededor y se pellizcó, por si estaba dormido. Volvió a mirarla, era Ella si. Se acercó con paso decidido. Parecía confusa.
-Tienes que venir, tienes que ayudarme- le suplicó. Stephano se quedó hechizado por sus palabras. Dio un par de pasos y se adentró en el círculo. Sintió como su cuerpo se desintegraba. Un dolor profundo le resquebrajaba la columna vertebral. Gritó con todas sus fuerzas, pero no consiguió ningún alivio. Le traspasó el cerebro y sintió como todo su ser estallaba en millones de células. 
Perdió el conocimiento. Todo lo que paso después, era como una telaraña de sensaciones lejana. Se despertó en una cama extraña. Miró a su alrededor y no vio nada familiar. Pensó que se había dado un golpe muy fuerte en la cabeza y tenía alucinaciones. Se sentó encima de la cama y observó todo detenidamente. Estaba rodeado por muebles recargados, con incrustaciones de pan de oro. No muy lejos de allí se encontraba una sala de baño. Nunca había visto nada semejante. 
Se levantó y se encontró con que había una nota escrita en papel rojo.  La cogió y leyó atentamente "Aseaos y cambiaos de ropa mi señor, hablaremos más tarde".  Se quedó boquiabierto. No comprendía nada.

jueves, 18 de agosto de 2011

Una visita para Stephano

En vez de volver a la fiesta la siguió de lejos. Stephano no quería dejarla sola pero tampoco se atrevía a estar a su  lado todo el rato. No le gustaba la sensación de estar poseído por la idea del roce de su piel. Aquella locura le estaba taladrando la cabeza. Se despistó un momento y la perdió de vista. No podía haber ido muy lejos. Se apresuró para ir tras sus pasos. Se fijó en que había  luz debajo de una de las puertas. La abrió bruscamente y se encontró con una puerta circular reluciente. Ella estaba cerca del interior. La gritó, Ella se dio la vuelta pero no fue hacia él. Titubeó un poco y se metió dentro de aquella masa extraña. Desapareció al instante. Stephano corrió hacia la puerta. Intentó atravesarla tal y como había  hecho ella. Le fue imposible, una fuerza invisible le impedía avanzar. Lo intentó varias veces, pero cada una de ellas se dio contra aquel muro. Lo único que consiguió fue magulladuras en su hombro izquierdo. 
Se sentó a esperar por si volvía Ella. Estuvo horas allí, pero no sucedía nada. La puerta seguía reluciente y con aquella masa extraña en el interior. 
Pensó en la fiesta. Ya debía de haber concluido y él que era el anfitrión no estaba para despedir a sus huéspedes. Quizás el champagne les haría olvidar aquel pequeño detalle. Sonrió para sus adentros. Cogió su pequeño amuleto de ámbar verde y lo estrujó entre sus dedos. No sabía que tenía aquella piedra pero era muy especial para él. Nunca se había separado de ella. Mientras su concentración estaba puesta en su mano, la puerta empezó a lanzar chispas. Se levantó de un salto. Una figura estaba apareciendo poco a poco.

martes, 16 de agosto de 2011

Una habitación silenciosa

Mucha gente hablaba en susurros. Ella no entendía nada. Pero no la importaba, intentaba no moverse en absoluto, para que la diesen por muerta. Iba chocando contra objetos que no reconocía. Se movía hacia un lado y hacia otro lado.  Aquel hombre no era nada cuidadoso con ella. Pero cualquier cosa era mejor que acabar en la hoguera o en cualquier otro sitio. No parecía estar en un sitio muy civilizado.
Sintió todo tipo de olores. La mayoría eran muy fuertes y confusos. La llenaban las fosas nasales y revolvían el estomago. Esperaba salir pronto de ahí, no podría contener su malestar durante mucho tiempo. Cuando sintió que los brazos que la sostenían se relajaban sintió como una ola de tranquilidad se apoderó de ella. Empezaron a subir unas escaleras que parecían muy empinadas. El murmullo ya había cesado. Un inquietante silencio se apoderó de todo. Abrió los ojos lentamente y se encontró en una pequeña habitación. Sus ojos se tenían que acostumbrar a la luz, pero no parecía que hubiese muchos muebles.
Levantó la mirada, pero no vio al hombre, era muy alto. La sombra se proyectaba sobre su cara. No podía verle, eso no me gustó. Intenté soltarme, pero sus brazos la agarraban con fuerza. Como si fuese una muñeca la depositó encima de una mesa.                                          

viernes, 12 de agosto de 2011

En brazos de un desconocido

La puerta se abrió bruscamente. El chorro de luz que iluminó la estancia hizo que todos se quedasen ciegos por un momento.  Se sintió mareada y se desmayó. Sintió como alguien la cogía en brazos. Vio algo de luz, pero luego la oscuridad se cernió sobre Ella. Cuando se despertó, sintió como unos brazos fuertes la sostenían. Por más que miraba, no podía ver lo que había a su alrededor, había demasiada luz.
-Estás muy pálida- le dijo una voz masculina- hazte la muerta o no saldremos de aquí-.
Hizo caso de cada palabra que la dijo aquel hombre. No sabía quien era, pero seguramente su destino no fuese peor que el de quedarse en aquella mazmorra. A pesar de que sus ojos estaban cerrados, en todo momento fue consciente donde estaba. Sus demás sentidos estaban a pleno funcionamiento. Se cruzaron con muchas personas. Por el olor corporal dedujo que todos eran hombres. Bajaron por muchas escaleras, allí el alboroto estaba mucho más presente.
Notó el aire fresco de alguna especie de espacio abierto. No estaba del todo segura. Algunas personas le rozaron los pies, pero la mayoría se apartaban a su paso. Notaba como su piel fría se apretujaba contra aquel hombre desconocido. Sin haberle visto nunca, tenía confianza en él.




martes, 9 de agosto de 2011

Prisionera

Sintió un suelo húmedo y frío bajo su cuerpo. Intentó levantarse, pero su cuerpo estaba totalmente dolorido. Intentó por lo menos sentarse. Cerró los ojos y se mordió el labio. Notó como una huesuda mano intentaba tocar su brazo. Se asustó, no la gustaba ese sitio. Era húmedo, oscuro y sucio.  Se recostó sobre la pared. Escuchó unos pequeños pasos, intentó no imaginarse nada. La sola idea de que hubiese ratas, la hizo tener náuseas.
Pasados unos minutos, la mano huesuda se acercó nuevamente a su brazo. Esta vez Ella no se dio cuenta a tiempo y la mano entera se puso encima de su hombro. Pegó un grito que retumbó entre las paredes. Miró a su derecha y vio la cara demacrada de una anciana. Estaba llena de arrugas y con moho en la cabeza.  Una nueva tanda de náuseas recorrió su cuerpo.
-Demasiado bonita para estar aquí- dijo la anciana con una voz muy ronca. Parecía cansada y deprimida. Me daban escalofríos solo de mirarla.  No la contesté. Quería evitar su mirada.  En aquel momento la puerta se abrió y apareció el guardia.
-Tienes un día para pensar en tus pecados, mañana al alba acabaremos con el sufrimiento de tu alma- y acto seguido cerró la puerta.
¿Qué pecados? ¿Qué sufrimiento?, no entendía nada. Estaba en una situación que no entendía. Tan solo tenía preguntas y estaba encerrada en una mazmorra.

domingo, 7 de agosto de 2011

Manos de hollín

-¿Quién eres? - la preguntó el hombre con un tono inquisidor.
- Soy la nueva sirvienta- dijo ella tartamudeando, intentando buscar alguna salida a su alrededor. Demasiadas mesas la rodeaban, llenas de enormes cazuelas hirviendo. No tenía posibilidad alguna de salir de ahí. Intentó relajarse y hablar más pausadamente para que no se notase su miedo. ¿Cómo había llegado hasta allí?, no tenía respuesta para aquella pregunta.
-Tus ropajes son muy extraños- la dijo y la cogió fuertemente del brazo. Zarandeó con ella como si fuese un peso muerto y la llevó arrastrándola por el suelo.  Sus quejidos no sirvieron de nada. El la trataba como si fuese nada.  Sus gritos llamaron la atención de algunos sirvientes. Una de ellas prestó especial atención en Ella. Les siguió con cautela para que aquel soldado lleno de arrogancia no la descubriese.
La llevó hacia una sala llena de mujeres, la empujó hacia el centro y se dio la vuelta. Las mujeres la manosearon y le rompieron su vestido por todos lados. Nunca se había sentido tan expuesta, toda su intimidad estaba siendo descubierta y ella no tenía como protegerse. Forcejeó con ellas, pero la fue en vano. Eran demasiadas. Estaban muy sucias y tenían las manos llenas de hollín. La pusieron ropas igual de sucias que las suyas. Lo único que la dejaron puesto eran sus zapatos rojos.
Cuando estuvo lista, el soldado se dio la vuelta y otra vez la cogió a la fuerza. La arrastró hacia la cocina y llamó al jefe de cocina. Estuvo hablando con el unos minutos y después de que el cocinero negase con la cabeza, se acercó a ella otra vez.
-No saben quien eres, nunca te han visto, a las mazmorras vas, sucia mujerzuela- la gritó y golpeó en la mejilla. Ella intentó librarse, pero la fue imposible. Aquel hombre era demasiado fuerte para aguantar sus envestidas. No estaba acostumbrada a aquel maltrato, perdió el conocimiento por unos segundos. El hombre la empezó a arrastrar por el suelo del brazo, mientras se quitaba algunos cabellos de su víctima. Lo que no vio es que unos ojos no dejaban de vigilarle.

jueves, 4 de agosto de 2011

En la cocina real

Salió de la habitación. Se encontró en un amplio pasillo lleno de grandes cuadros. Eran muy pintoresco y recargado. Había mesas alargadas con jarrones cada pocos metros. No había nadie, así que tuvo tiempo para fijarse en cada detalle. Tenía la sensación de haber viajado en el tiempo. Tenía muchas ganas de abrir cada una de las puertas, pero su instinto la decía que estaba en peligro. Cuando llegó a una nueva ventana se asomó. Vio el mismo paisaje que hacía unos minutos pero desde otro ángulo.  Llegó al final del pasillo. Unas escaleras muy empinadas bajaban hacia algún lugar. Miró atrás. No tenía otra opción. Intentó bajar sin hacer ruido. Las escaleras de mármol hacían resonar sus tacones por todos lados.
Llegó hasta una sala muy grande llena de puertas. Siguiendo su instinto entró en la segunda puerta. Fue a parar a una cocina con un ritmo frenético. Nadie se percató de su presencia, incluso la trataron como si fuese un pinche más. Para no llamar la atención, actuó como tal. No tuvo problemas hasta el final, cuando un hombre de uniforme se acercó a ella.

lunes, 1 de agosto de 2011

Primeras impresiones

Vio luz, luego oscuridad. Otra vez luz, y luego otra vez oscuridad. Destellos de colores aparecían delante de ella. Cuando por fin consiguió restablecerse vio una sala de color verde pálido. Era pequeña pero acogedora. Sintió algo en su mano, se la miró y encontró con que tenía su pequeño ámbar entre los dedos. Se intentó levantar muy lentamente. La costó mucho porque se encontraba débil. Cuando su cuerpo se deshizo en partículas perdió mucha energía. 
Se arrastró hasta llegar a una ventana. Apoyándose en una pequeña mesa de madera consiguió levantarse y mirar por ella.. Se encontraba en el Louvre, pensó feliz. Tampoco estaba tan lejos de casa. ¿Por qué había carruajes en el patio? , se aclaró los ojos. Cuando volvió a mirar, exquisitas damas paseaban con grandes paraguas blancos. Se volvió a aclarar los ojos, pero seguía viendo lo mismo. Su pulso se aceleró, ¿Acaso estaba teniendo alucinaciones? ¿se estaba celebrando alguna fiesta?. Intentó tranquilizarse y ponerse de pie. Se miró en un espejo cercano, seguía con su vestido rojo y sus zapatos de tacón. Se acercó a la puerta, pero al escuchar un ruido no muy lejano no se atrevió a abrirla. Esperó a no oír nada, y después con mucho cuidado abrió la puerta.