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Phantom of the opera

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domingo, 7 de agosto de 2011

Manos de hollín

-¿Quién eres? - la preguntó el hombre con un tono inquisidor.
- Soy la nueva sirvienta- dijo ella tartamudeando, intentando buscar alguna salida a su alrededor. Demasiadas mesas la rodeaban, llenas de enormes cazuelas hirviendo. No tenía posibilidad alguna de salir de ahí. Intentó relajarse y hablar más pausadamente para que no se notase su miedo. ¿Cómo había llegado hasta allí?, no tenía respuesta para aquella pregunta.
-Tus ropajes son muy extraños- la dijo y la cogió fuertemente del brazo. Zarandeó con ella como si fuese un peso muerto y la llevó arrastrándola por el suelo.  Sus quejidos no sirvieron de nada. El la trataba como si fuese nada.  Sus gritos llamaron la atención de algunos sirvientes. Una de ellas prestó especial atención en Ella. Les siguió con cautela para que aquel soldado lleno de arrogancia no la descubriese.
La llevó hacia una sala llena de mujeres, la empujó hacia el centro y se dio la vuelta. Las mujeres la manosearon y le rompieron su vestido por todos lados. Nunca se había sentido tan expuesta, toda su intimidad estaba siendo descubierta y ella no tenía como protegerse. Forcejeó con ellas, pero la fue en vano. Eran demasiadas. Estaban muy sucias y tenían las manos llenas de hollín. La pusieron ropas igual de sucias que las suyas. Lo único que la dejaron puesto eran sus zapatos rojos.
Cuando estuvo lista, el soldado se dio la vuelta y otra vez la cogió a la fuerza. La arrastró hacia la cocina y llamó al jefe de cocina. Estuvo hablando con el unos minutos y después de que el cocinero negase con la cabeza, se acercó a ella otra vez.
-No saben quien eres, nunca te han visto, a las mazmorras vas, sucia mujerzuela- la gritó y golpeó en la mejilla. Ella intentó librarse, pero la fue imposible. Aquel hombre era demasiado fuerte para aguantar sus envestidas. No estaba acostumbrada a aquel maltrato, perdió el conocimiento por unos segundos. El hombre la empezó a arrastrar por el suelo del brazo, mientras se quitaba algunos cabellos de su víctima. Lo que no vio es que unos ojos no dejaban de vigilarle.

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