Se sentía mojada. Estaba en mitad de un océano. Sola y desamparada. Tensión y miedo era lo que sentía. Así se despertó Ella. El pecho de Stephano estaba empapado en sudor. Ahora estaba sudando mucho. Aunque al principio se asustó, vio que su color había mejorado. Ya no estaba tan pálido. Aquellos sudores entonces debían ser buena señal. Se quedó mirándolo. No sabía cuanto tiempo pasó, pero al fin abrió los ojos.
Al principio Stephano estaba confundido. Había tenido sueños extraños durante varias noches. Unas veces el calor que tenía le llevaba a experimentar el viaje de Dante en el Inferno. Otras veces tenía tanto frío que se sentía como si fuese Robert Peary y acabase de conquistar el Polo Norte. Estaba algo confuso. No sabía donde estaba. Tan solo veía la cara soñolienta y sonriente de Ella. Aquello le bastaba para sentirse bien. Sentía calor en su cuerpo. Incluso excitación. No quería demostrarlo.
-Hola- le dijo Ella con un tono de voz muy musical.
-¿Dónde estoy?- la contestó Stephano con una voz seca. Al principio Ella se mostró molesta por la reacción. Sus ilusiones románticas se habían esfumado en tan solo un segundo. El hombre que tenía enfrente era tan frío y duro como una piedra. Se enfadó consigo misma, a pesar del calor que estaba desprendiendo su cuerpo. Todavía tenía el vestido roto y con la emoción de verle no se dio cuenta de que se veía mucha más piel de lo que ella quería.
- Estas en la guarida de una sanadora, amiga de Ágata- le comenzó a explicar Ella. Stephano no podía concentrarse en sus palabras. Su cuerpo se estaba desatando. Se sentía incómodo. Se repetía a si mismo que no debía mirar por debajo de la barbilla, pero sus ojos se desviaban sin su permiso. Se levantó violentamente. A pesar del mareo que sintió, procuró enderezarse. La pierna le ardió. Un dolor agudo recorrió todo su cuerpo. Escuchó a medias lo que le estaba contado Ella. No estaba muy seguro de lo que estaba pasando. Estaba en París si, pero en otra época. Había llegado allí desde su casa. Y luego le había atacado un perro. Si, ya las cosas le cuadraban. Ahora debían salvar a Ágata y desmontar alguna intriga palaciega en la que estaba metida la iglesia. Estaba convencido de que se había quedado con lo esencial. Estaban solos en aquel antro. Se levantó para cambiarse el vendaje. Debían empezar a arreglar las cosas.
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martes, 4 de octubre de 2011
lunes, 4 de julio de 2011
Suave aliento
Cuando el humo rojo se expandió por toda la sala, algunos hombres se desmayaron. Así, poco a poco fueron cayendo todos. Cuando el último hombre se sumió en un profundo sueño, empezaron a caer las mujeres. ¿Era esa la oportunidad que estaba esperando para escapar?, sus zapatos rojos la llevaron a avanzar hacia la salida, pero su mente tenía curiosidad por saber lo que iba a suceder después. ¿Se despertarían? ¿Qué representaba aquel estado de trance?, demasiadas preguntas sin respuestas.
Mientras tenía un debate interior, sintió una ráfaga de aire en su nuca.
Se dio la vuelta nerviosa. Se quedó totalmente paralizada. Ninguno de sus músculos respondían. Ante ella tenía al hombre de los ojos negros. Se quitó la capucha de la cabeza y llevaba el pelo suelto. Sus grandes rizos caían por sus hombros como una cascada salvaje. Pero sus ojos no se podían apartar de aquellos ojos negros. Remarcados con khol negro, parecían incluso más intensos. La estudiaban atentamente. Ella estaba ruborizada. Sus mejillas se habían encendido. Intentaba bajar la mirada por vergüenza, pero era incapaz. Estaba hipnotizada. Sus labios rojos se volvieron brillantes.
-No deberías estar aquí- salió una voz grave de su boca.
- Lo siento- se disculpó Ella, sin más fuerzas para seguir hablando.
El se agachó hacia su cara. Ella se puso a temblar. ¿Le tenía miedo?. En cuestión de unos segundos sintió como el suave aliento rozaba la comisura de sus labios. Un escalofrió la recorrió el cuerpo.
-Lo siento por esto- le dijo el, y la clavó una pequeña aguja en el brazo. Ella se quedó inmóvil y cayó en sus brazos profundamente dormida.
Mientras tenía un debate interior, sintió una ráfaga de aire en su nuca.
Se dio la vuelta nerviosa. Se quedó totalmente paralizada. Ninguno de sus músculos respondían. Ante ella tenía al hombre de los ojos negros. Se quitó la capucha de la cabeza y llevaba el pelo suelto. Sus grandes rizos caían por sus hombros como una cascada salvaje. Pero sus ojos no se podían apartar de aquellos ojos negros. Remarcados con khol negro, parecían incluso más intensos. La estudiaban atentamente. Ella estaba ruborizada. Sus mejillas se habían encendido. Intentaba bajar la mirada por vergüenza, pero era incapaz. Estaba hipnotizada. Sus labios rojos se volvieron brillantes.
-No deberías estar aquí- salió una voz grave de su boca.
- Lo siento- se disculpó Ella, sin más fuerzas para seguir hablando.
El se agachó hacia su cara. Ella se puso a temblar. ¿Le tenía miedo?. En cuestión de unos segundos sintió como el suave aliento rozaba la comisura de sus labios. Un escalofrió la recorrió el cuerpo.-Lo siento por esto- le dijo el, y la clavó una pequeña aguja en el brazo. Ella se quedó inmóvil y cayó en sus brazos profundamente dormida.
martes, 14 de junio de 2011
La carta verde
Cuando por la mañana se levantó, una ola de felicidad invadió su mente. Ella sintió que aquel día iba a ser especial. El tatuaje ya no la escocía. Se miró al espejo, se lavó la cara, se peinó, y se sintió bien consigo misma. Cuando fue a salir por la puerta se tropezó con un sobre verde. Alguien se lo había metido por debajo de la puerta. Todas sus ilusiones de tener un día normal habían desaparecido.
Abrió el sobre con mucha curiosidad. Dentro como siempre había un papel de color rojo. Lo estudió con mucha curiosidad. Era un mapa. Había una zona marcada con un círculo. No la conocía.
Enseguida fue a buscar un mapa actual. La zona se encontraba en el norte de la ciudad. Miró el papel otra vez detenidamente y vio que en una esquina había escrita una dirección. Miró donde se encontraba exactamente. La sorprendió mucho cuando descubrió que eran unas ruinas de un antiguo convento. Decidió que debía ir allí, tenía que descubrir lo que estaba pasando.
Fue al trabajo y realizó todas sus obligaciones en un tiempo récord. A medio día canceló todas sus reuniones y salió del edificio. Se compró una crepe para comer y se apresuró excitada a coger el metro. Tuvo que hacer varios transbordos para llegar a su destino. Cuando llegó, se encontró con que había muchos turistas. Se aproximó a un grupo numeroso cuya guía les estaba explicando la historia de aquellas ruinas. Empezó a escuchar atentamente.
Abrió el sobre con mucha curiosidad. Dentro como siempre había un papel de color rojo. Lo estudió con mucha curiosidad. Era un mapa. Había una zona marcada con un círculo. No la conocía.
Enseguida fue a buscar un mapa actual. La zona se encontraba en el norte de la ciudad. Miró el papel otra vez detenidamente y vio que en una esquina había escrita una dirección. Miró donde se encontraba exactamente. La sorprendió mucho cuando descubrió que eran unas ruinas de un antiguo convento. Decidió que debía ir allí, tenía que descubrir lo que estaba pasando.
Fue al trabajo y realizó todas sus obligaciones en un tiempo récord. A medio día canceló todas sus reuniones y salió del edificio. Se compró una crepe para comer y se apresuró excitada a coger el metro. Tuvo que hacer varios transbordos para llegar a su destino. Cuando llegó, se encontró con que había muchos turistas. Se aproximó a un grupo numeroso cuya guía les estaba explicando la historia de aquellas ruinas. Empezó a escuchar atentamente.
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