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domingo, 9 de octubre de 2011

Minúsculo pasillo

Stephano se estaba desesperando. Había llegado al punto en el que no tenía cuidado con las cosas. Las tiraba por el suelo en busca de alguna puerta secreta. Parecía totalmente ido. Ella incluso tenía miedo decirle algo. Por su parte ella buscó con mucho ahínco en el lado contrario. No habían pasado muchos minutos, aunque la búsqueda se hacía eterna. La desesperación se apoderaba de Stephano. Ella no sabía mucho de historia, pero observando las reacciones de su compañero, la guardia del cardenal debía de ser muy peligrosa.
Se apoyó en la estantería más cercana. Necesitaba pensar, aclarar sus ideas. La llamó la atención uno de los libros que estaba en el segundo estante. Tenía bordado un hilo muy fino de color rojo. Se agachó para cogerlo. Según lo sacó de su sitio, un ruido se escuchó. Era un ruido leve, seco pero firme. Stephano la miró. Enseguida se acercó a ella y miró el espacio vacío que había dejado el libro. Había una pequeña palanca que se había quedado al descubierto. La tocó otra vez pero no sucedió nada. Empezaron a seguir su instinto. Por donde el recuerdo les decía que el ruido se había producido.
Salieron de la habitación y volvieron a la estancia principal. Miraron intensamente a su alrededor. Ella se dio cuenta de que la cómoda se había movido. Se acercó. Enseguida llamó a Stephano. Entre los dos retiraron la cómoda. Allí encontraron una entrada, y unas escaleras que conducían hacia abajo.
-Esto nos lleva hacia abajo-  dijo Stephano.
-¿Más abajo de lo que estamos?- preguntó Ella.
-Vamos, rápido, ellos se acercan-  la empujó hacia el agujero. Ella se metió sin más dilación. Mientras tanto, Stephano colocó las cosas tal y como estaban.
Ella llegó al fondo. No era muy profundo. Esperó pacientemente a Stephano. Se tenía que acostumbrar a la oscuridad. Cuando bajó su compañero se acercaron a una pequeña puerta. La abrieron. El espacio era pequeño, pero ya no tenían vuelta atrás. En el exterior se escuchó un ruido desmesurado. Los guardias ya habían llegado a la habitación. Stephano entró primero. Debían ir a gatas. No había más espacio.Se adentraron en lo desconocido, en la oscuridad. Los olores eran insoportables, pero no tenían otra opción.

sábado, 4 de junio de 2011

El anticuario

Las paredes del pequeño anticuario estaban pintadas de rojo, y tenían grandes ventanales de madera. La puerta principal también era de madera y parecía muy vieja, así que tiró de ella cuidadosamente. Entró en una pequeña sala llena de diversos objetos, todos ellos relacionados con la Edad Media. Después de la sala había un pequeño pasillo, que la llevó a una sala más grande. Entró sin hacer mucho ruido para poder contemplar todo sin llamar demasiado la atención. Había varias personas curioseando objetos que parecían maravillas sacadas de un cuento.
Al fondo de la sala había una gran mesa de madera oscura. Detrás de ella, había un viejo señor de larga barba blanca y cejas pobladas. Llevaba unas gafas apoyadas sobre la nariz y estudiaba un documento con mucha atención. ¿Sería aquel el hombre al que estaba buscando?, ¿sabría ayudarla a descubrir que estaba pasando?.
Se acercó a la mesa con paso decidido. Saludó amablemente pero no la hizo caso, estaba muy concentrado en su lectura. Esperó callada a su lado sin saber muy bien que hacer.
-¿Para qué ha venido?- la preguntó repentinamente levantando la mirada.
-encontré su dirección en un papel y pensé que quizás me podría ayudar- y le entregó el papel rojo.
-Curioso- dijo nada más ver el papel- muy curioso- volvió a repetir y arrebató el papel de sus manos. Lo estudió unos minutos, después dijo alguna expresión que Ella no logró entender a la vez que sus ojos empezaban a brillar de alegría. Se levantó y desapareció detrás de una puerta dejándola atónita.

jueves, 2 de junio de 2011

Camino

Encontró finalmente sin dificultad aquel lugar que venía indicado en el papel rojo. Decidió que iría al día siguiente por la mañana. Cuanto antes averiguase que estaba pasando, antes comprendería a lo que tenía que enfrentarse. Miró por última vez el ámbar verde que había encontrado, y lo dejó en la mesilla de noche, junto con sus dos piedras. Desde que la mujer  se las había regalado, la sucedían cosas extrañas y sin explicación.
Se levantó al día siguiente sin ninguna dificultad. Desayunó, se vistió y se puso sus zapatos rojos. Estaba lista para comerse el mundo un día más. No iba a dejar que ningún contratiempo, ni ningún problema frenasen su optimismo de cada día.
"El libro rojo" estaba situado bastante lejos de donde ella vivía, así que decidió ir primero a su jardín favorito para pensar. Allí llegó en poco tiempo, y nuevamente los tulipanes llenaron el ambiente de magia.  La energía positiva de aquel lugar la llenaba de satisfacción. ¿Cómo era posible que hubiese gente allí incluso en horas tan tempranas?, ¿acaso los días eran duros, y las personas allí presentes necesitaban un momento de tranquilidad, para coger ánimos y fuerzas?. Después de unos minutos con los ojos cerrados, respirando la bonita fragancia de las flores, y escuchando su propio latido, decidió seguir con su día.
El camino para llegar hasta aquel lugar era bastante complicado. En la zona en la que se encontraba había multitud de calles pequeñas llenas de comercios y de diversos cafés. Toda clase de personas se paseaban o corrían con prisa por allí. Después de callejear mucho, por fin llegó a su destino. Ante su sorpresa se encontró delante de un anticuario. Parecía muy solitario y abandonado, pero aún así, sin pensárselo dos veces, entró de forma decidida.