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martes, 27 de septiembre de 2011

Casa de los placeres ocultos

De repente los segundos se hicieron horas.  Los hombres la estaban contemplando. Dijeron unas palabras entre sí que Ella no entendía. Sus sonrisas eran inquietantes y sus ojos desprendían fuego malicioso. Intentó soltarse pero no podía. Aquellas manos mugrientas la agarraban con fuerza. Una de las manos se acercó a su pecho. Ella se esperaba lo peor. La dieron arcadas cuando los dedos del hombre rozaron su piel. 
La rompieron todo el corsé y la estaban empezando a subir la falda. Ella sintió como todo su mundo se venía abajo. No tenían ningún tipo de respeto hacia ella. La veían como una mujer de compañía más. Intentó luchar con todas sus fuerzas, pero los tres hombres eran más fuertes que ella. Las lágrimas inundaban sus ojos. Les suplicó, pero ellos ya ni siquiera escuchaban. Estaban demasiado ocupados admirando lo que tenían enfrente. Los comentarios rudos de como se encontraban de calientes eran espinas para los oídos de Ella. Después empezaron a discutir quién sería el primero, mientras se aflojaban los pantalones. Ella se estaba volviendo loca. Para ella era la mayor de las torturas. Justo en el momento en el que se decidieron los turnos, una segunda mujer apareció. 
- Vamos caballeros, ¿los tres para una sola dama?- les replicó, colocándose entre Ella y los hombres. 
- Quita puta- dijo uno de ellos borracho y violento. 
- En vez de alguien experimentado como yo, ¿os aprovecháis de una pobre desgraciada? - comenzó a decir y a juguetear con ellos- Necesitáis una mujer, no una niña que no sabe lo que es el placer- 
- ¿Qué me ofreces? - dijo el segundo hombre bajándose los pantalones - ¿la pondrás contenta?- señaló a su miembro. 
- Estáis en la casa de los placeres ocultos mi señor- contestó la mujer agachándose. 
El hombre empezó a gritar de placer. Lo que llamó la atención de otros clientes. Una segunda mujer se acercó y se desquitó el vestido. Los otros dos hombres se abalanzaron sobre ella. Uno se colocó delante y otro detrás. La primera mujer aprovechó el momento para hacer un gesto con la mano a Ella.  Se levantó y se puso de espaldas al hombre. Ella se lo agradeció con la mirada. ¿Por qué la había ayudado aquella mujer?. Se apoyó contra la pared y empezó a moverse sigilosamente. No quería llamar la atención. Tenía que llegar a la puerta cuanto antes. 

sábado, 24 de septiembre de 2011

En el burdel

No quedaban lejos el conglomerado de calles. Procuró acelerar el paso. No quería quedarse atrás y dejarse atrapar por aquellos hombres. No quería ni pensar lo que le habrían hecho a Ágata.  Ahora debía salvar su vida para avisar a los demás y luego pensaría que podía hacer.  Se adentró en las calles oscuras. Después de mucho correr parece que había conseguido su objetivo. Despistó a los hombres. Se paró e intentó recuperar el aliento. Apoyó su cuerpo entero en una pared. Lo sentía dolorido y molesto. Cerró los ojos y se relajó. Intentó imaginarse situaciones positivas de su pasado para no caer en la tristeza.
Escuchó unos pasos a lo lejos. Su momento de equilibrio personal había acabado. ¿Por qué la perseguían?. No sabía donde esconderse, la calle que tenía enfrente era demasiado despejada. Repentinamente una puerta se abrió. De ella salió música a mucho volumen y un griterío alegre. Una sonrisa apareció en la  cara de Ella. Parecía que había encontrado algún tipo de taberna. Era perfecta para poder esconderse. Allí no la buscarían. Con pasos apresurados sus zapatos rojos la llevaron hacia la puerta. Sin siquiera mirar dentro se adentró y cerró tras de sí. Cuando se dio la vuelta los ojos se la abrieron como platos. Se había adentrado en un burdel. Por un momento se quedó paralizada. No sabía si quedarse allí o salir fuera y seguir huyendo de los hombres. ¿Qué situación era más peligrosa?, No se consideraba una monja, pero ver lo que había allí la escandalizó. En una mesa cercana, se estaban montando literalmente una orgía. Definitivamente se dio la vuelta dispuesta a salir. No quería formar parte de aquello. Justo en el momento que iba a darse la vuelta un hombre la cogió por la espalda.
- ¿Dónde vas bonita?- la preguntó- date la vuelta para mi que a ti todavía no te he probado- y un fuerte brazo la dio la vuelta y la golpeó fuertemente contra una pared. Se quedó un poco aturdida, pero en cuanto focalizó bien su vista se estremeció. Un hombre lleno de mugre y con los dientes negros la estaba desnudando con la mirada. Se escandalizó e intentó quitárselo de encima.  Gritó pidiendo ayuda, pero en vez de eso otros dos hombres igual de repugnantes que el primero se acercaron a Ella. ¿Qué podía hacer?, la entró pánico.
-Vaya, vaya, esta es nueva, jamás la he visto por aquí- masculló el segundo hombre con una sonrisa repulsiva. La cogió de un brazo y la inmovilizó. Con la otra mano sacó un cuchillo pequeño y la rajó todo el corsé. Ella intentó luchar para liberarse. Los hombres encontraron aquella lucha muy divertida y excitante. El tercer hombre se acercó a ella y comenzó a manosear el corsé hasta dejarlo abierto de par en par. Ella estaba aterrada. Su pecho estaba al descubierto y aquellos hombres la miraban con lascivia salvaje.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Corriendo hacia la puerta

Eran momentos de desesperación. Ahora tenían a cuatro guardias corriendo detrás de ellas. Los invitados se quedaron tan sorprendidos que ni se movieron. Cuando se les pasó el susto algunos empezaron a aplaudir. Quizás pensasen que seguía siendo parte de la función. Mientras tanto, Ella estaba al borde de un ataque de nervios.  La estaban pisando los talones y la puerta seguía estando muy lejos. O sucedía un milagro o las atraparían. No quería ni pensar lo que podría pasar en ese caso. La mazmorra en la que estuvo probablemente la parecería un cuento de hadas.
Los segundos pasaban y su situación empeoraba. Ella intentaba mirar a los lados, pero no había otra alternativa. Repentinamente Ágata se tropezó. Cayó de bruces al suelo. Ella mantuvo el equilibrio porque dio un salto. Se dio la vuelta para ayudarla.
-Corre, sálvate, si nos cogen a las dos no tendremos ninguna opción- gritó Ágata.
Ella se quedó sin saber que hacer. Miró a su compañera. Quería ayudarla pero volvió a gritarla otra vez lo mismo. Con todo su pesar siguió corriendo hacia la puerta. Los guardias se entretuvieron con la caída de Ágata. Ella pudo alcanzar la puerta. Miró una última vez atrás y salió de allí. Se encontró en una gran sala. Estaba decorada con un gusto impecable. Intentó despertar de aquel sueño momentáneo.  Buscó una ventana. La distancia hasta abajo era mayor de lo que esperaba. Tenía que saltar. Abrió la ventana con mucha dificultad. Saltó con dificultad. Fue a parar a unos matorrales que amortiguaron la caída. Salió corriendo hacia la oscuridad. Escuchó gritos detrás de ella.

martes, 20 de septiembre de 2011

L'École des femmes (La escuela de las mujeres)

Cuando llegamos a nuestro destino, su corazón latía a mil por hora. Era una sensación muy rara. Se sentía extranjera paseando por los sitios que tantas veces había visitado. Cada pisada que daba era a la vez nueva y vieja.  Se encontró en el centro de un gran acontecimiento. Por un lado había elegantes damas de la mano de apuestos caballeros. Por otro lado devotos y beatos gritaban a pleno pulmón que era una obra obscena e irreligiosa.  Ella buscó en los archivos de su memoria. Recordó que a este dramaturgo siempre le consideraron libertino. Esbozó una sonrisa. Sabía más detalles de lo que pasaría después de lo que los asistentes sabrían jamás.
Ágata se dio prisa en coger unos asientos adecuados. Quería tener la visión perfecta de todo lo que acontecía. Mucho antes de que empezase la obra, todo el mundo ocupaba sus posiciones. El primer acto me absorbió por completo en la historia. En la segunda parte de la obra mi compañera comenzó a hablarme. Me mostró quienes eran los nobles de más importancia. Cuales lo de menor rango. Quién tenía influencia sobre el rey, y quien no. Las presentaciones eran muy divertidas. Cuando acabó la obra todos se retiraron. Ya que el rey no pudo asistir, organizó una fiesta en honor del artista. Todos los nobles se regocijaban de estar invitados. Ellas no eramos tan afortunadas. Tenían que volver. Pero antes de eso, Ágata habló con una de las criadas. Al parecer podría colarla en la fiesta. A cambio quería una joya de gran valor. Después de vacilar unos segundos, se la dio.
Con mucho sigilo se adentraron en una gran sala. Era tan ostentosa que parecía irreal. No podían estar allí mucho tiempo sin llamar la atención, por lo que tenían que actuar deprisa. No dio ningún tipo de explicación, así que Ella estaba bastante perdida. Le pareció ver al rey al final de la sala. Se quedó impresionada por su presencia y por la gran peluca que portaba. Mirarle era entender lo que era la majestuosidad.
Mientras soñaba, notó un fuerte tirón en la manga. Ágata por fin había encontrado lo que estaba buscando. La obligó a mirar a la derecha. Allí observó a un alto clérigo. Andaba con aires de superioridad y daba órdenes a todos los que se cruzaban en su camino. Según la explicó más tarde, aquel hombre era el que estaba preparando la conspiración contra el rey. Ellas debían evitarlo, aunque no tenían la menor idea de como. El hombre se dio cuenta de que estaba siendo observado. Al ver a Ágata sus ojos estallaron en furia. En seguida llamó a gritos a los guardias. Ella empezó a correr detrás de su compañera. Detrás se escuchaban gritos de "herejía".

sábado, 17 de septiembre de 2011

Un disfraz

De repente Ágata se levantó y desapareció por la puerta. La dejó sola con la anciana y el jorobado. Era una situación tensa. Seguía sin confiar en ellos. Sabía que intentaban cuidar de Stephano, pero aún así había algo en ellos que no la convencía. Quizás las intenciones ocultas de por que les ayudaban. Dado que no tenía mucho que hacer, rebuscó entre los papeles algo que pudiese ser válido para atar cabos.  Encontró varios escritos que estaban relacionados con el rey, la corte y las fiestas. También encontró un libro lleno de diminutas ilustraciones. Estaba en latín y aunque no entendía nada, por las ilustraciones dedujo que se trataba de un libro religioso. Intentaba no mirar a Stephano. Cada segundo que pasaba y él no reaccionaba su cuerpo se quedaba sin aliento.  ¿Podían estar el amor y el odio unidos eternamente?, ¿podían caminar de la mano y ser un sentimiento tan real como el respirar?, las mismas preguntas rondaban por su mente una y otra vez.
Pasaron horas hasta que volvió Ágata. Cuando por fin escuchó sus pasos, fue corriendo a su encuentro. Llevaba un gran saco, la ayudó a llevarlo. Lo pusieron encima de la mesa y sacaron de allí dos vestidos. Tenían un acabado majestuoso. El corsé llevaba pliegues dorados y había puntadas de hilo rojo oscuro. Eran los vestidos más impresionantes que Ella había visto en su vida.
-Vamos a ir a ver la obra "La escuela de las mujeres", debemos ir presentables- la comunicó.
-¿Te refieres a la obra de Molière?- preguntó Ella impresionada.
-Sí, hoy es el estreno- la contestó sin mucho entusiasmo- va a ir allí toda la corte y es preciso que te ponga en aviso quién es quién y te explique la situación-.
-¿Qué va a pasar con él?- dijo Ella preocupada mirando a Stephano.
-De momento no puede ir a ningún lado- contestó la anciana- no os sirve para nada en este estado-.
Aquel comentario la ofendió. Lo había dicho con tanta despreocupación, que tenía dejarle allí. Sentía que no tenía otra opción. Se fue a otra estancia y se cambió de ropa. Ágata tuvo que ayudarla con todos los cordones y diferentes estructuras que había. Cuando nadie estaba mirando, se escondió la carta del papel rojo entre la falda. No sabía cuando podría ser útil aquella información.  Una hora después, salieron allí. Un carruaje las estaba esperando a unos metros de la salida. Se adentraron y los caballos empezaron a trotar. La emoción invadía a Ella.

jueves, 15 de septiembre de 2011

El contenido de la carta

Sacó el papel rojo del sobre. El sello real se representaba en todo su esplendor. Cuando lo miró fijamente se dio cuenta de que era una carta. No entendía muy bien lo que ponía. Los trazos de la letra eran tan elaborados que resultaba complicado leerlo. Empezaba como una carta de amor, para después convertirse en un relato de conspiraciones varias.
Hablaba del amor que alguien de la realeza procesaba a una campesina. Después algunos intentos fallidos de envenenamientos. Por último la traición del clero. Había palabras que daban a entender la gran ambición que tenían algunos miembros en hacerse con el poder no solo de la iglesia francesa, sino de influir en las decisiones del rey. Era todo una telaraña de malos propósitos y frases a medio decir. Parecía que las intrigas palaciegas estaban a la orden del día en lo que a problemas se refería.
Cuando estaba acabando la carta una ráfaga de viento agitó su pelo. Se dio la vuelta, era imposible que en una cueva existiese viento. Miró por todos lados pero nada la llamó la atención. Sin soltar aquella carta buscó a la anciana y a su ayudante. No estaban allí. Aprovechó para acercarse a Stephano. Yacía inmóvil en el diván. Se agachó para mirarle más de cerca. ¿Por qué no se despertaba?.
-Aguanta mi niño-  le dijo con dulzura acercándose a su pecho para escuchar su respiración- podremos con esto juntos, ya lo verás- apartó los rizos rebeldes de su cara, pero él no se movió.
Se quedó a su lado, mientras se sumía en un profundo sueño. Su mente se relajó y la hormona de la felicidad buscó un hueco en su mente para liberarse. Bailes de máscaras venecianas pasaron por su mente, una mirada misteriosa de ojos negros que la perseguía. Imágenes agradables la hicieron relajar todos sus músculos por primera vez en todo aquel viaje. Pero cuando estaba en la cúspide de su felicidad todo cambió. Los asistentes al baile perdieron sus máscaras. La angustia invadió su cuerpo. En vez de humanos, hienas aparecieron ante ella. Salió corriendo por un pasillo largo, pero los animales la siguieron. Cuando miró atrás vio que pronto la alcanzarían. Instó a sus zapatos rojos a que corriesen a más velocidad. Repentinamente apareció una puerta ante ella. La abrió con fuerza y se abalanzó dentro. Con las prisas no se dio cuenta de que delante de ella había un gran agujero. Se precipitó en una caída sin límites. En aquel momento se despertó sobresaltada. Stephano tenía convulsiones. Estaba empeorando. Buscó a la anciana. La llamó a gritos. Apareció minutos después y la gritó que había hecho. ¿Qué estaba sucediendo?, intentó no ponerse histérica. Se concentró en la carta nuevamente.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Nuevas hojas rojas

El sonido de otro roedor la erizó el vello. Era tal el sentimiento de repulsión hacia aquella especie animal que aceleró el paso. ¿Dónde estaba su cómoda vida?, ¿Se había evaporado?, ¿Volvería a su hogar?. Buscaba a Ágata por todos lados, pero ni rastro de ella. Después de unos metros, al fin vio la luz.  Al principio, estaba totalmente cegada. Tardó mucho en recuperar la visión. Cuando abrió los ojos, se encontró en una amplia sala. Estaba llena de tarros de todos los colores. A lo lejos, había una gran mesa de madera. Era oscura y estaba llena de papiros de todo tipo. ¿Acaso era algún tipo de bruja?. Se acercó a la mesa y allí encontró a Ágata. Estaba tan concentrada en los papeles que tenía entre manos, que ni se dio cuenta de su presencia. Ella decidió que no la iba a molestar.
Miró los frascos que tenia a cada lado. Algunos tenían animales en su interior, otros tenían frutos secos nadando e incluso algunos tenían trozos de raíces.  Ruidos cercanos la devolvieron al mundo real. El hombre jorobado acercó a Stephano. Lo dejó en un diván cercano. Ella se acercó corriendo, pero la anciana la adelantó por un paso y se lo impidió. La empujó hacia la mesa y empezó a correr de un lado a otro. Abrió varios de los tarros y se untó las manos con ellos. Luego le aplicó esos ungüentos a Stephano. En pocas palabras me dijo que su sangre estaba envenenada. Algo extraño tenía aquel perro que le mordió.  Ella esta muy asustada.
Se acercó a Ágata, pero ésta no la hizo caso.  Miró los papeles que había encima de la mesa. La llamó la atención una pequeña esquina que sobresalía por un lado. Era papel rojo, y se encontraba debajo del todo. Cuando lo sacó se quedó con la boca abierta. Era el mismo tipo de papel que llevó a aquel anticuario de Montmartre. En una de las esquinas, aparecía el símbolo del ojo. Le dio la vuelta, allí encontró un mapa. Se lo enseñó a Ágata. Lo cogió con entusiasmo y empezó a estudiarlo. Dado que la dio la espalda, Ella se distrajo con los demás papeles. Todos estaban escritos en latín. 
Se zambulló en aquella mesa. Intentaba estar distraída para no pensar en Stephano. Le miró, seguía sin dar señales de vida. ¿Por qué le importaba tanto ese hombre?, sacudió la cabeza. Volvió a concentrarse en la mesa.  Un sobre caído la llamó la atención. Estaba a cierta distancia de donde se encontraba ella. Se acercó a cogerlo. Era de color verde, ¿otra coincidencia? se preguntó a sí misma. Sacó una nueva hoja roja. Esta vez vio un sello real al lado del dibujo del ojo negro.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Un pasillo oscuro

Cogieron a Stephano por los brazos y los pies. Le llevaron hasta el final de la calle. Allí les esperaba un hombre con un carro. Cuando le miró Ella, sintió una punzada en el pecho. Era un hombre pequeño y jorobado. Cuando la miró, todos sus sentimientos se entremezclaron. Tenía la mitad de la cara quemada. Parecía envejecido y arrugado. No sabía si sentía temor o compasión.
Aquel hombre se acercó a Stephano y lo colocó en el carro. No tuvo ningún tipo de delicadeza. Los vendajes que tenía en la pierna se le tiñeron de sangre.  Se sentía totalmente hundida. ¿Qué iba a hacer ella si aquel misterio de pelo negro y rizado no sobrevivía?. Corrió hasta el carro olvidándose de todo lo demás. Le agarró con fuerza. Intentó reanimarle presa de la desesperación. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas.
El hombre tiró violentamente del carro. Ella perdió el equilibrio y cayó al suelo bruscamente. Ágata la cogió del brazo y la ayudó a levantarse. La anciana  la miró con desprecio y comenzó a caminar detrás del carro. Pasaron por varias calles paralelas a la Bastilla. Según la comentó Ágata, iban camino del Jardín de Luxemburgo. Ella no lo entendía muy bien, aquella zona era demasiado lujosa para la anciana. A pesar de ello no hizo ningún comentario. Iban caminando en silencio, por calles secundarias para no llamar la atención. Aquella ciudad estaba muy distinta de lo que Ella conocía. Las calles estaban más abandonadas, la basura tirada por todos lados. Los olores fuertes se mezclaban unos con otros.
Cuando por fin llegaron a su destino, Ella se quedó petrificada. Se pararon delante de una lujosa casa. La estuvieron observando unos instantes. Parecía que nadie estaba en ella. ¿Acaso la anciana vivía allí?, enseguida desechó esa pregunta de su cabeza. Era algo imposible. No se equivocaba, prosiguieron su camino, pero, no avanzaron mucho cuando la anciana se paró nuevamente. Estábamos en los límites de la casa señorial. El hombre jorobado tocó unas piedras del suelo y las levantó. Ante ellos se abrió un gran agujero, apenas iluminado por unas velas gastadas.  Unas escaleras empinadas hacían las veces de entrada. Ella miró a Ágata con cara de interrogación. Esta hizo un gesto de afirmación y comenzó a bajar las escaleras. Ella esperó unos segundos. Después miró a la anciana desconcertada. La dijo unas palabras que no comprendió y la señaló las escaleras. Ella se acercó y comenzó a bajarlas.
Numerosos ruidos retumbaron en sus oídos. Estaba asustada. Cuando bajó, se encontró con un pasillo muy largo. Una gran rata pasó a su lado. Ella gritó con todas sus fuerzas. Se apresuró a adentrarse en aquel pasillo. Las velas consumidas mostraban sombras extrañas en las paredes. Cuanto más se adentraba en aquel sitio más humedad sentía en sus huesos. Las velas en esta parte eran más grandes. Podía ver mejor lo que la rodeaba. Se encogió aún más. Se sentía como en una película de terror.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Los ropajes de una anciana

Ella se agachó enseguida para intentar reanimarle. Se quedó paralizada cuando vio que no se movía. No sabía que hacer. Ágata se estaba poniendo nerviosa por momentos. Si se quedaban mucho más tiempo allí, llamarían demasiado la atención.  Buscó rápidamente un lugar donde se pudiesen esconder.  Encontró un callejón no muy lejos. Volvió corriendo hacia donde estaba Ella con el cuerpo. Lo cogieron de los brazos y lo arrastraron hacia aquel lugar.  Según le movían la pierna se llenaba de polvo. Ella se arrancó un trozo de su vestido, y le vendó todo. Aún así el vendaje se empapó de sangre. Stephano seguía inconsciente.  A Ella le hirvió la sangre por verle así. 
Cuando le arrastraron se agachó y le colocó la cabeza sobre su regazo con delicadeza. Mientras tanto, Ágata intentó cubrirlos con trozos de madera que había encontrado. De esta manera no serían tan visibles. Aquello era un contratiempo con el que no contaba. Estaba muy nerviosa andando de un lado hacia otro. Estaba segura de que el muchacho se pondría bien, pero debía idear un plan. Quería aprovechar la muchedumbre para deslizarse por las calles de París. 
-Acabo de tener una idea- gritó repentinamente Ágata- pero os tengo que dejar aquí solos bastante tiempo-.
-¿Dónde vas?- la preguntó Ella asustada.
-Voy a buscar a una amiga, volveré- dijo rápidamente y desapareció entre las sombras.
Ella se quedó con la palabra en la boca. Por un momento sintió que todo era una pesadilla. ¿Acaso estaba viviendo un sueño?. Se sentía totalmente despierta, pero aún así, todo era demasiado confuso. Las voces de la muchedumbre se oían a lo lejos. ¿Cómo era posible que las personas disfrutasen con aquel espectáculo tan macabro?.
Intentó cambiar el vendaje. Era algo complicado, tenía miedo de tocarle y hacerle daño. Miró al cielo, se estaba haciendo de noche. Habían pasado muchas horas desde que Ágata desapareció. Ella intentó moverse un poco, tenía todo el cuerpo entumecido. Stephano parecía dormido. Respiraba profundamente, pero no había manera de despertarle. 
Cuando estaba a punto de desfallecer debido al agotamiento. Escuchó unas voces que se acercaban. Miró a lo lejos pero no era capaz de distinguir nada. Se tranquilizó cuando escuchó la voz de Ágata. Alguien la acompañaba. Cuando se acercó, vio a una anciana. Ella se quedó estupefacta. Parecía una indigente. Toda su ropa estaba rasgada y parecía sucia. ¿De que manera iba a poder ayudarles?. desconfió de ella.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Amigo de lo ajeno

-Este es el momento perfecto, mejor imposible- se alegró Ágata.
-¿Es el momento perfecto para qué?-  preguntó Ella.
-Todos están ocupados, yo no tenía ropajes de hombres, puede entrar a cualquier casa aquí para coger algo. De lo contrario no pasaremos desapercibidos- y le hizo unos gestos con la mano para que entrase en una casa cercana. Stephano al principio se negó, pero viendo que no tenía otra opción, se fue refunfuñando. Nunca había robado, se sentía mal. Intentó pensar que lo hacía por una causa mayor. Ella había sido elegida para algo importante. Él estaba allí con ella, así que, él estaba incluido en el plan. Sus argumentos no eran muy convincentes, pero por lo menos le sirvieron para coger el coraje necesario.
Cuando entró en la casa, la quietud le rodeó con los brazos abiertos. Se encontraba en una habitación sencilla. No había ningún tipo de ropa allí, tan solo cajones vacíos. Se acercó a la puerta y la abrió con cuidado. Escuchó atentamente. Ningún ruido. Prosiguió su camino. Por un momento se quedó paralizado. Estaba en mitad de un lujoso salón. La belleza de aquel sitio era indescriptible. ¿Acaso las personas de aquella época se esforzaban por mostrar su poder material?. Intentó no distraerse y proseguir en su búsqueda. Pasaron minutos que se le hicieron eternos, pero al final encontró ropa. Cogió unos pantalones que le parecieron un tanto excéntricos y lo que supuso que sería la camisa. Tan acostumbrado estaba a los vaqueros, que para él era algo totalmente nuevo. Abrió la puerta, pero notó una extraña pesadez en ella. Miró a los lados, pero llegó a la conclusión de que no tenía tiempo para investigar. Debía salir de aquella casa lo antes posible. Cuando se adentró nuevamente en el salón, percibió un olor a carne podrida. Se le revolvió el estómago. No le gustaba aquella sensación. Apresuró el paso. Abrió la puerta que daba a la salida. Estaba a punto de dar su último paso cuando la puerta se cerró súbitamente. Un enorme perro apareció delante de él. Había surgido de la nada, pero no parecía dispuesto a darle tregua. Le enseñó sus enormes dientes. Se fue hacia la derecha para intentar despistarlo. El perro le siguió enseguida. Iba a ser complicado salir de aquella situación. Se giró hacia la izquierda, el perro le imitó enseguida. Cuando se giró al otro lado, no consiguió esquivarle. Sintió una punzada de dolor que le traspasó todos los sentidos. Miró al suelo, tenía un gran desgarro en la pierna.
De repente, se escuchó un silbido desde otra zona de la casa. Aquello distrajo al perro y Stephano aprovechó la ocasión para traspasar la puerta y cerrarla tras de sí. Tuvo que forcejear, el perro tenía mucha fuerza. Por suerte, consiguió cerrarla.  A duras penas salió por la ventana. Las dos mujeres le estaban esperando. Según las vio, oscuridad. Cayó al suelo.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Cambios de vestuario

La mujer cogió la piedra de Ella y la acercó a las suyas. Las dejó a poca distancia y se alejó. Esperó pacientemente. Pocos minutos después un destelló apareció en una de las piedras. Esta se empezó a mover hacia la otra. Cuando se juntaron, una nueva chispa surgió. En la piedra de Ella se produjo una pequeña rotura. En la piedra de la mujer creció un fino saliente. Las dos se entrelazaron y se produjo un gran estallido de luz. Inundó toda la estancia y cegó a los presentes.
- Las piedras se han reconocido, eso es buena señal. Ahora somos hermanas de la misma causa- sonrió la mujer mirando hacia Ella- por cierto, mi nombre es Ágata. Con paso acelerado salió un momento de la habitación.
-¿Tú entiendes algo?-preguntó Ella a Stephano, el cual negó con la cabeza.
Sin tiempo para más, Ágata regresó con una gran caja entre manos. La abrió y sacó un vestido igual que el suyo. Lo puso encima de mesa. Hizo salir al hombre de la cicatriz. Cuando salió, se quedaron los tres en silencio.
-Hay ciertos rumores en palacio- empezó a hablar Ágata- hasta ahora no le daba mucha importancia. Tu visita, ha cambiado mucho las cosas- respiró profundamente- eres la mensajera. El problema es que no sabes que mensaje tenías que transportar-.
Se quedó pensativa. Stephano y Ella seguían callados. ¿Acaso era verdad que habían llegado a otra época para solventar un problema?, ¿ese era el destino turbulento que la esperaba a Ella?. Por un momento pasaron por su mente momentos de lo que consideraba su transición. Cuando aquella mujer extraña le dio las piedras, el pequeño hombre que la avisó para que tuviese cuidado. Las cosas parecían tener más concordancia. Cogió el vestido y entró en otra habitación para ponérselo. Tenía demasiadas capas, y un corsé ajustado. Tuvo que pedir ayuda a Ágata. No tenía muy claro que la esperaba, pero no tenía otra opción.  Cuando salió Stephano comenzó a mirar al suelo. Ella sonrió, la gustaba aquella sensación. Se recogió el pelo, y se adentró en el nuevo siglo.
Cuando estuvieron listos salieron de aquella casa. Llegaron hasta la orilla del río Sena. Esta vez, no podían atravesar la ciudad de forma subterránea. Los vestidos eran demasiado elaborados y unos disfraces perfectos para pasar desapercibidos. No podían arriesgarse a estropearlos.
Tuvieron que esperar mucho hasta que llegó un carruaje. Ágata se estaba empezando a poner nerviosa. Miraba constantemente al cielo y decía que se estaba haciendo tarde. En cuanto subieron al carruaje, le dio una bolsa de monedas al cochero para que fuese lo más deprisa posible. Supieron que estaban cerca de su destino cuando un griterío inundó sus oídos.
-Vamos, tenemos que bajar o nos perderemos la ejecución- dijo Ágata con naturalidad.
-¿Qué? - preguntó Ella con el terror dibujado en los ojos. Miró a su alrededor, estaba en una Plaza de la Bastilla a rebosar. En el centro, una gran plataforma de madera con una persona en el centro. Tenía la cabeza cubierta por una  tela negra. Una lágrima resbaló por la mejilla de Ella.



miércoles, 31 de agosto de 2011

El origen

Ella estaba sentada y magullada. Miró a Stephano, tenía una cara impasible. En un primer momento, se alegró mucho de verle. Incluso él parecía contento. Pero al segundo le cambió la cara, se volvió frío como una piedra. Se acercó a ella y la dio la mano. Se la estrechó con fuerza.
-Hola, me alegra verte a salvo- la dijo secamente. Aquello la mató. No entendía nada. Hacía días la había llevado a su casa, estando ella inconsciente. Había sido desagradable y la había tratado con rudeza. En cambio, tenía fuego en la mirada cuando sus ojos se cruzaban. Lo había dado por imposible. Justo cuando cogió aire para responder, la puerta se abrió. La mujer entró.
Ella se quedó totalmente petrificada. Las dos eran idénticas. Pequeños detalles las diferenciaban. Ella tenía   la piel menos bronceada y el pelo más claro que la mujer, pero todo lo demás era similar. Los ojos de Ella fueron a parar al suelo. La mujer comprendiendo el gesto se levantó un poco el vestido. Dejó sus pies al descubierto. Sus pequeños zapatos rojos se asomaron al instante. Al ver la cara de asombro de sus invitados sonrió, y se levantó más la falda. Dejó al descubierto su pequeño tatuaje. Enseguida Ella se llevó la mano a la espalda. Su tatuaje la empezó a picar.
- Sí las dos llevamos los mismos rasgos distintivos- empezó a hablar la mujer- pertenecemos a la misma orden- y se acercó a Ella- yo soy tu antepasada, y al igual que tú, soy una mensajera- la dijo con mucha  calma.
-¿Cómo hemos llegado hasta aquí?- preguntó Ella.
-Las mensajeras solo podemos viajar en el tiempo cuando alguien nos necesita- dijo preocupada la mujer- y tal solo hacia épocas pasadas, que estés tu aquí no presagia nada bueno- reflexionó- por lo que veo se sigue conservando la manía por el color rojo- sonrió intentando quitar un poco de dramatismo a la conversación.
A continuación sacó de un bolsillo escondido un trozo de ámbar. Lo puso encima de la mesa. De otro bolsillo extrajo una piedra de cuarzo rosa. También lo puso sobre la mesa y sonrió. Ella seguía con la boca abierta. Rebuscó en los bolsillos. Sacó sus propias piedras. Ante su asombro su pequeño cuarzo ya no estaba partido.
-Todo estaba predestinado- la guiñó un ojo la mujer.

lunes, 29 de agosto de 2011

Reencuentro

Los pies le pesaban, pero había visto un destello a lo lejos. Tenía la esperanza de que fuese la salida. El aire estaba demasiado cargado y aquello era difícil de llevar. Cuando llegó al final de aquel túnel, le llenó una esperanza renovada.  Miró a su alrededor, se encontraba en la orilla del río Sena.  Miró algo confundido. No sabía exactamente en que parte se encontraba. Las cosas eran muy diferentes en la época en la que él vivía y en la que se encontraban actualmente. Intentó no quedarse atrás, para no perderse. Siguió a la mujer, y, subió unas escaleras muy empinadas. Se encontró enfrente de una zona muy marginal. Más incluso que la anterior. Apretó el paso. Se metió en uno de los edificios. Subió unas escaleras y se adentró en una casa. La mujer le indicó que se sentase y le dio al hombre de la cicatriz una joya. Stephano no sabía muy bien que pensar de todo aquello. Se sentó e intentó quedarse tranquilo.
-Hemos ideado un plan para intentar salvar a Ella- le empezó a explicar la mujer - no sabemos si saldrá adelante- y después de un largo suspiro añadió- esperemos que sí, si no, estamos perdidos-.
-¿Cómo hemos llegado hasta aquí? y ¿por qué te pareces tanto a Ella?- preguntó Stephano.
- Vamos a dejar las explicaciones para más adelante ¿de acuerdo?- le dijo la mujer- ahora descansa un poco, que no sabemos lo que nos van a deparar las próximas horas- le dijo y le dejó solo en la habitación.
Las horas siguientes se le hicieron eternas. El sol estaba en lo más alto. Sus pensamientos divagaban por todas las direcciones posibles. Se despertó de su trance cuando escuchó un ruido. Debía ser la puerta principal al cerrarse bruscamente. Se levantó de la silla en la que estaba sentado. Corrió a la puerta y la abrió.
Su pulso se aceleró. Enfrente estaba Ella. Magullada y muy sucia pero igual de bella que siempre. Definitivamente estaba enfadado con ella. Pero se perdió en sus ojos. Aquello no le gustaba, le daba miedo. Siempre había conseguido la mujer que había querido. Nunca se había implicado emocionalmente. Simplemente cogía lo que le interesaba, se lo pasaba bien y tan rápido como empezaba acababa. La imagen de Ella le mataba, la sangre le hervía. La odiaba.

sábado, 27 de agosto de 2011

Pasadizos a oscuras

Se encontró con la mujer bajando las escaleras. Sintió un alivio repentino. Bajaba con un hombre. Era muy grande y con una apariencia muy fiera. Cuando le dio la luz en la cara, las cicatrices aparecieron en su cara.   Unos ojos fríos y calculadores se detuvieron en Stephano.
-Debemos pagarle una buena cantidad, pero ha aceptado el trato- le informó la mujer.
-¿Qué trato?, ¿por qué tenemos que pagarle?, no entiendo nada- replicó Stephano.
-No tengo tiempo para explicaciones ahora, Ella está en las mazmorras y debemos liberarla antes de que la ejecuten- contestó bajando las escaleras a toda prisa y perdiéndose entre la multitud de la calle.
A Stephano se le heló la sangre y se quedó paralizado. Pensar que Ella podría estar en peligro hacía que sintiese una desesperación en su interior. Era algo superior a sus fuerzas. Cuando realmente fue consciente de la magnitud de la situación, un volcán estalló en su interior. La furia se apoderó de él. Reaccionó rápido y salió corriendo a la calle. No quería perder de vista a la mujer. Tenían que salvar a Ella.
Esta vez caminaron por calles muy estrechas. En alguna ocasión, los edificios estaban tan juntos que tenían que voltearse para poder pasar entremedias. El escaso espacio dificultaba mucho el avance. No había manera de ver el final. Los pasos que tenían que dar cada vez eran más pequeños por las poblaciones de roedores que corrían de un lado hacia otro. Aquella zona de París debían ser los suburbios más grandes de la época. Repentinamente la mujer se paró por completo y se agachó. Abrió una puerta en el suelo. Estaba tan bien oculta que Stephano se sobresaltó cuando vio un agujero salido de la nada. Con mucha agilidad, la mujer saltó dentro. El hombre de las cicatrices la siguió, y a Stephano no le quedó más remedio que hacer lo mismo. ¿Hacia dónde le estaban llevando?. Cada vez entendía menos la situación a su alrededor.
Cuando saltó, notó como bajo sus pies crujieron multitud de huesos. Muy a su pesar unas náuseas muy molestas poblaron todo su ser. Intentó ignorarlas y se adentró en el túnel que tenía enfrente. Estaba iluminado con muy pocas antorchas, así que apenas se veía. Estuvo corriendo mucho tiempo, no sabía cuanto. Fácilmente podrían ser horas, estaba totalmente agotado y la humedad le estaba calando los huesos. Nada le importaba, su voluntad era inquebrantable. Todo por Ella.

jueves, 25 de agosto de 2011

Encuentro desafortunado

Llegaron al portal de una casa muy pequeña. Tenía tres pisos, pero el miedo al derrumbe era patente. Stephano miró a su alrededor, las demás construcciones eran iguales. No sabía en que zona de la ciudad se encontraba, todo le resultaba demasiado extraño. Parecía que había llegado a una época totalmente diferente.
La mujer le indicó que se quedase un momento en las escaleras. Él obedeció sin decir palabra, mientras ella subía a mucha velocidad. Observó cada detalle. Las humedades se extendían por todos lados. Los malos olores invadían cada rincón. Estaba tan absorto en sus pensamientos que se sobresaltó cuando alguien le tocó la espalda. Se dio la vuelta y una cortesana apareció. Iba con un vestido azul celeste y unas cintas amarillas. Intentó ofrecerle sus servicios. Él se apartó, pero se le acercó otra cortesana. Esta llevaba un vestido granate, pero también tenía cintas amarillas. Entre las dos intentaron llevarle a un lugar más oscuro. Le movieron un par de metros, pero no dejó que le llevase más allá. Miró hacia la esquina y vio el resplandor de un metal. Parecía un cuchillo. Alguien le estaba esperando allí.
Se deshizo de las cortesanas, y volvió sobre sus pasos. Un hombre salió corriendo con un gran cuchillo en las manos. La sorpresa paralizó unos segundos a Stephano y el hombre adelantó posiciones. Cuando se quiso dar cuenta estaba tan solo a un metro. Aquel hombre se movía demasiado rápido. Su cara destrozada por multitud de quemaduras y su cuerpo mutilado desvelaban sus años de penurias. Estaba claro que le quería robar. ¿Cómo podía un hombre llegar a tal estado de desesperación? . Stephano escapó por pura suerte. Se adentró en el edificio que estaba a sus espaldas y subió las escaleras a toda prisa. Rezaba por encontrar a la mujer que le había llevado hasta allí. Necesitaba una explicación de todo lo que estaba pasando. ¿Encontraría a Ella?, ¿acaso estaba en peligro?.

martes, 23 de agosto de 2011

La senda de los tatuajes

-Ya es hora de que salgamos de aquí mi señor- le dijo una voz a Stephano. Aquello le hizo sobresaltar y darse la vuelta enseguida. Sus ojos se abrieron como platos, allí estaba Ella. Su voz sonaba diferente, y el color de su pelo era más oscuro, pero tenía que ser ella.
-Te he estado buscando, ¿que te ha pasado?- la preguntó cogiéndola del brazo con fuerza.
-Vuestra amiga necesita ayuda. No soy la persona que buscáis, pero debemos darnos prisa. Mañana por la mañana la quieren quemar en la plaza pública- aclaró la mujer.
-No entiendo nada, ¿donde estoy?, ¿quién eres tú?- pero no había tiempo para más explicaciones. Terminó de ponerse la ropa que tenía encima de la cama y salió corriendo detrás de aquella mujer. Bajaron deprisa unas escaleras secundarias y entraron en otro pasillo. La mujer se levantó el vestido para no arrastrarlo por el suelo y así poder correr mejor. Al igual que Ella, llevaba unos zapatos rojos. Stephano se quedó boquiabierto. Intentó poner sus pensamientos en orden. Algo importante estaba sucediendo y él no era capaz de comprender nada. Algo reclamó su atención e inconscientemente giró su cabeza hacia abajo. Miró el tobillo de la joven. Sus ojos se agrandaron hasta el infinito, allí había un pequeño tatuaje. Era idéntico que el que tenía Ella en la espalda.
Salieron al exterior. La majestuosidad del Louvre le dejó atónito,pero no tenía tiempo para admirarlo. Cruzó el río Sena y se adentró en un laberinto de calles. Todas eran muy estrechas y mal olientes. El calor del día anterior hacía mella en la putrefacción de los alimentos. Un hombre con un tatuaje se cruzó conmigo, después otro y más tarde uno nuevo. Sus caras estaban demacradas. No estaba acostumbrado a aquel tipo de paisaje. Intentó ocultar su rosto detrás de su brazo para no mostrar su repulsión. ¿Dónde le llevaba aquella mujer?.

sábado, 20 de agosto de 2011

El primer viaje de Stephano

Cuando la figura se materializó del todo, la vio a Ella. Pero el pelo era diferente, grandes tirabuzones de un color rojizo más oscuro.  Su vestido era de una época diferente. Se encontraba muy confundido. Miró a su alrededor y se pellizcó, por si estaba dormido. Volvió a mirarla, era Ella si. Se acercó con paso decidido. Parecía confusa.
-Tienes que venir, tienes que ayudarme- le suplicó. Stephano se quedó hechizado por sus palabras. Dio un par de pasos y se adentró en el círculo. Sintió como su cuerpo se desintegraba. Un dolor profundo le resquebrajaba la columna vertebral. Gritó con todas sus fuerzas, pero no consiguió ningún alivio. Le traspasó el cerebro y sintió como todo su ser estallaba en millones de células. 
Perdió el conocimiento. Todo lo que paso después, era como una telaraña de sensaciones lejana. Se despertó en una cama extraña. Miró a su alrededor y no vio nada familiar. Pensó que se había dado un golpe muy fuerte en la cabeza y tenía alucinaciones. Se sentó encima de la cama y observó todo detenidamente. Estaba rodeado por muebles recargados, con incrustaciones de pan de oro. No muy lejos de allí se encontraba una sala de baño. Nunca había visto nada semejante. 
Se levantó y se encontró con que había una nota escrita en papel rojo.  La cogió y leyó atentamente "Aseaos y cambiaos de ropa mi señor, hablaremos más tarde".  Se quedó boquiabierto. No comprendía nada.

jueves, 18 de agosto de 2011

Una visita para Stephano

En vez de volver a la fiesta la siguió de lejos. Stephano no quería dejarla sola pero tampoco se atrevía a estar a su  lado todo el rato. No le gustaba la sensación de estar poseído por la idea del roce de su piel. Aquella locura le estaba taladrando la cabeza. Se despistó un momento y la perdió de vista. No podía haber ido muy lejos. Se apresuró para ir tras sus pasos. Se fijó en que había  luz debajo de una de las puertas. La abrió bruscamente y se encontró con una puerta circular reluciente. Ella estaba cerca del interior. La gritó, Ella se dio la vuelta pero no fue hacia él. Titubeó un poco y se metió dentro de aquella masa extraña. Desapareció al instante. Stephano corrió hacia la puerta. Intentó atravesarla tal y como había  hecho ella. Le fue imposible, una fuerza invisible le impedía avanzar. Lo intentó varias veces, pero cada una de ellas se dio contra aquel muro. Lo único que consiguió fue magulladuras en su hombro izquierdo. 
Se sentó a esperar por si volvía Ella. Estuvo horas allí, pero no sucedía nada. La puerta seguía reluciente y con aquella masa extraña en el interior. 
Pensó en la fiesta. Ya debía de haber concluido y él que era el anfitrión no estaba para despedir a sus huéspedes. Quizás el champagne les haría olvidar aquel pequeño detalle. Sonrió para sus adentros. Cogió su pequeño amuleto de ámbar verde y lo estrujó entre sus dedos. No sabía que tenía aquella piedra pero era muy especial para él. Nunca se había separado de ella. Mientras su concentración estaba puesta en su mano, la puerta empezó a lanzar chispas. Se levantó de un salto. Una figura estaba apareciendo poco a poco.

martes, 16 de agosto de 2011

Una habitación silenciosa

Mucha gente hablaba en susurros. Ella no entendía nada. Pero no la importaba, intentaba no moverse en absoluto, para que la diesen por muerta. Iba chocando contra objetos que no reconocía. Se movía hacia un lado y hacia otro lado.  Aquel hombre no era nada cuidadoso con ella. Pero cualquier cosa era mejor que acabar en la hoguera o en cualquier otro sitio. No parecía estar en un sitio muy civilizado.
Sintió todo tipo de olores. La mayoría eran muy fuertes y confusos. La llenaban las fosas nasales y revolvían el estomago. Esperaba salir pronto de ahí, no podría contener su malestar durante mucho tiempo. Cuando sintió que los brazos que la sostenían se relajaban sintió como una ola de tranquilidad se apoderó de ella. Empezaron a subir unas escaleras que parecían muy empinadas. El murmullo ya había cesado. Un inquietante silencio se apoderó de todo. Abrió los ojos lentamente y se encontró en una pequeña habitación. Sus ojos se tenían que acostumbrar a la luz, pero no parecía que hubiese muchos muebles.
Levantó la mirada, pero no vio al hombre, era muy alto. La sombra se proyectaba sobre su cara. No podía verle, eso no me gustó. Intenté soltarme, pero sus brazos la agarraban con fuerza. Como si fuese una muñeca la depositó encima de una mesa.                                          

viernes, 12 de agosto de 2011

En brazos de un desconocido

La puerta se abrió bruscamente. El chorro de luz que iluminó la estancia hizo que todos se quedasen ciegos por un momento.  Se sintió mareada y se desmayó. Sintió como alguien la cogía en brazos. Vio algo de luz, pero luego la oscuridad se cernió sobre Ella. Cuando se despertó, sintió como unos brazos fuertes la sostenían. Por más que miraba, no podía ver lo que había a su alrededor, había demasiada luz.
-Estás muy pálida- le dijo una voz masculina- hazte la muerta o no saldremos de aquí-.
Hizo caso de cada palabra que la dijo aquel hombre. No sabía quien era, pero seguramente su destino no fuese peor que el de quedarse en aquella mazmorra. A pesar de que sus ojos estaban cerrados, en todo momento fue consciente donde estaba. Sus demás sentidos estaban a pleno funcionamiento. Se cruzaron con muchas personas. Por el olor corporal dedujo que todos eran hombres. Bajaron por muchas escaleras, allí el alboroto estaba mucho más presente.
Notó el aire fresco de alguna especie de espacio abierto. No estaba del todo segura. Algunas personas le rozaron los pies, pero la mayoría se apartaban a su paso. Notaba como su piel fría se apretujaba contra aquel hombre desconocido. Sin haberle visto nunca, tenía confianza en él.